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América Latina

Opinión: Un desastre brasileño

La crisis política en Brasil se ha convertido en un desastre que ya nadie entiende. Por eso se suele reducir a una pregunta: ¿cuándo caerá Dilma Roussef? Pero no es tan fácil, opina Francis Franca.

Desde hace semanas, la mayoría de los titulares sobre Brasil son prácticamente idénticos repitiendo continuamente: “mayor presión para la presidenta”. Parece que todos quieren que Dilma Roussef dimita, pero eso sería simplificar demasiado esta crisis política, que no se ciñe al patrón clásico de una lucha de poder de un bando contra otro. Por una parte, Rousseff y el expresidente Lula Da Silva afirman estar libres de culpa. Y hasta ahora no hay pruebas concluyentes contra la presidenta. Pero al mismo tiempo se hizo una maniobra para nombrar a Lula ministro solamente para protegerlo.

Sin independencia judicial

En el otro bando, la justicia y la oposición afirman que luchan independientemente contra la corrupción. Pero extrañamente algunas investigaciones van más rápidas que otras y los jueces que deberían ser apartidistas muestran claras simpatías por las protestas contra el Gobierno o incluso participan en ellas. Sobre la comisión de desafuero, mejor ni hablar: 37 de sus 65 miembros son investigados por corrupción.

Francis Franca, periodista de DW.

Francis Franca, periodista de DW.

Cada vez está más claro que esta guerra es parte de un juego político mucho más complejo. Y por si fuera poco, el partido liberal de derecha PMDB, socio de coalición, abandonó el Gobierno. En sí mismo, este hecho ya es una sensación, puesto que ese partido había formado parte de todos los Gobiernos en posiciones importantes de la redemocratización de 1985. Es decir, conoce de sobra la corrupción sistemática de Brasil. Ahora, para buscar claridad en este desastre, la opinión pública debería preguntar: ¿Caerá Roussef? ¿Se le retirará el aforamiento? Sin embargo, parece que Brasil quiere defraudar al mundo, porque de claridad, ni rastro.

Tránsfugas entre partidos

También es posible que pequeños partidos sigan los pasos del PMDB al abandonar el Gobierno. Así tendrían mayoría suficiente para levantar el aforamiento. Pero por otra parte, el PMDB está tan dividido que ni siquiera es seguro que vote por el desafuero. eso también podría ser que su retirada solo sirva para dejar sitio a otros socios de coalición que refuercen la posición de la presidenta.

Además, hay que mencionar que la lealtad al partido en Brasil es muy relativa. Entre el 18 y el 19 de marzo, 87 diputados cambiaron de partido utilizando una regla impulsada por el líder del movimiento contra el aforamiento, el presidente del parlamento Eduardo Cunha. Solo una figura está segura en su puesto. Michel Temer, hombre clave del PMDB, continua en el Gobierno de Rousseff y en caso de que la presidenta dimita se convertiría automáticamente en sucesor.

Al final, en Brasil se está librando una guerra de intereses personales, escenificada como una lucha política que no tiene relación con el interés del país. Un juego indigno que arruina la confianza en la política de un país que hace solo dos años aún era considerado como la potencia poder más importante de Latinoamérica y todo un ejemplo en la lucha contra la desigualdad.

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