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El Mundo

Opinión: Teocracias asesinas

Tras la ejecución del clérigo chiíta Al-Nimr, crece la tensión entre Arabia Saudita e Irán. El conflicto es conveniente para ambos Estados religiosos, que practican una política cínica, opina Kersten Knipp.

El momento en que se produjeron las ejecuciones no es casual. El Estado saudita sabe muy bien lo que hace. Y también cuándo lo hace. En Riad, nadie es tan ingenuo como para no prever las consecuencias de las ejecuciones masivas. Esto significa también que la aplicación de la pena de muerte es un mensaje político, aunque éste no sea su propósito principal. Y dicho mensaje reza: “que nadie se atreva a meterse con nosotros, ni en Arabia Saudita ni en el exterior. Quien se atreva a hacerlo, pagará las consecuencias.”

Señal interna y externa

El mensaje no tiene a la oposición como único destinatario. Para ésta, las ejecuciones son una advertencia que no podía ser más severa. Actualmente, la Justicia saudita aplica mano dura contra opositores de todos los frentes. Con el bloguero liberal Raif Badawi, los tribunales sauditas condenaron a un liberal, mientras que la Justicia procedió también contra el poeta Ashraf Fayad, quien representa a la modernidad cultural. El ejecutado Nimr al-Nimr era uno de los más importantes representantes chiítas saudíes, cuyo sobrino Ali al-Nimr fue condenado a muerte por protestar contra el régimen (tenía 16 años al momento de aquellos “delitos”). Todos estos casos ilustran las supuestas amenazas a las que se considera expuesta la casa real, y ante las cuales reacciona al estilo del tirano sirio Bashar al Assad.

Hacia el exterior, las ejecuciones son evidentemente una señal de poderío y unidad. Desde la retirada parcial de Estados Unidos como potencia protectora, Arabia Saudita y su ministro de Defensa (Mohammed Bin Salman, de 30 años, quien además es el príncipe heredero suplente) intentan presentar a ese país como la gran potencia de la región. Desde hace meses, las fuerzas sauditas encabezan una alianza predominantemente árabe que lanza ataques contra el vecino Yemen, en lo que parece ser sucedáneo de una eventual guerra contra el bastión chiíta que es Irán. Al régimen le importan muy poco los cerca de 3.000 civiles muertos y los cerca de dos millones y medio de refugiados internos.

Kersten Knipp, periodista de DW

Kersten Knipp, periodista de DW

Y desde hace poco está al frente de otra “alianza antiterrorista” (término que uno entrecomilla en vista de las ejecuciones) en Siria. Los tumultos provocados conscientemente a causa de las ejecuciones tanto en Irán como en Irak y en la milicia chiíta Hizbolá, que recibe apoyo iraní, sirven para cerrar filas entre los aliados sunitas de Arabia Saudita, también en vista de la situación en Siria. El conflicto se ha tornado confesional, y con ello se ha vuelto más violento. Así, las ejecuciones son mucho más que el cumplimiento de dudosos mandatos judiciales. Responden a un cálculo estratégico en el cual la Justicia se pone al servicio de la política.

Reacción cuestionable de Teherán

Las protestas en Irán también son más que dudosas. El hecho de que la dirigencia iraní admita el asalto y saqueo de la embajada saudita demuestra que el régimen de los mulás en Teherán tampoco está interesado en la finalización del conflicto. También aquí, el cálculo político ha imperado por encima del derecho internacional, según el cual habría sido indispensable garantizar la protección de la sede diplomática. En cambio, Irán se proclama como “potencia protectora” de los chiítas, incluso de aquellos que son ciudadanos de otros países. Aquí también, la escalación va mucho más allá de la mera protesta. La reacción iraní carece de credibilidad, pues Irán es el país donde se decretan más penas de muerte, luego de China (por cierto, seguidos ambos de Arabia Saudita).

¿”Socios” de Occidente?

Así, las ejecuciones y sus reacciones demuestran una vez más qué clase de regímenes imperan en los dos países que marcan el paso en Cercano Oriente. Ninguno da muestras de buena voluntad. Para los civiles de Siria y Yemen, esta escalación traerá consecuencias fatales. Y para los gobiernos occidentales, este episodio arroja la pregunta de si los Estados religiosos enemistados realmente pueden ser considerados como “socios”.

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