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Europa

Opinión: Póker turco-europeo

Todo apunta a que el pacto establecido por la Unión Europea y el Gobierno turco en materia de refugiados está por fracasar, pero ni Bruselas ni Ankara pueden darse el lujo de que eso suceda, comenta Christoph Hasselbach.

Ninguna de las partes quiere ceder. El presidente de Turquía se rehúsa a enmendar la controvertida ley antiterrorista aprobada en Ankara. Y si Recep Tayyip Erdogan no cambia de opinión, la Unión Europea pospondrá la liberalización del sistema de visado que Bruselas había prometido para los ciudadanos turcos y que debe entrar en vigor en el verano de este año. Esa libertad de tránsito es una de las grandes aspiraciones de Turquía y uno de los objetivos por los que el propio Erdogan más duro ha luchado. Si eso fuera lo único que está en juego, los europeos podrían arrellanarse cómodamente en sus curules y esperar a que los turcos cumplieran hasta el último de los requisitos.

Christoph Hasselbach, comentarista de Deutsche Welle.

Christoph Hasselbach, comentarista de Deutsche Welle.

Pero eximir a los ciudadanos de turcos de la obligación de solicitar visas para entrar al territorio comunitario es parte del pacto que Bruselas selló con Ahmet Davutoğlu, antes de que éste anunciara su dimisión como primer ministro de Turquía. Ese convenio contempla que el país euroasiático frene la llegada a Europa Occidental de los refugiados del Cercano Oriente. Y Ankara parece estar dispuesta de nuevo a usar la palabra clave, “refugiados”, de la manera más cínica. Dirigiéndose a los funcionarios del Parlamento Europeo, Erdogan escribió en un mensaje de Twitter: “Si ustedes toman la decisión equivocada, les enviamos a los refugiados”.

Erdoğan necesita la libertad de tránsito

Ahora la divisa de Bruselas y de Estrasburgo es que no se dejarán chantajear. Y, para variar, todos los miembros de la Comisión Europea y del Parlamento Europeo están de acuerdo en eso, independientemente de sus filiaciones partidistas. El presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, dijo enfático la semana pasada (5.5.2016): “Nosotros valoramos mucho el cumplimiento de las condiciones. Si no es así, no hay trato”. Ese es el mismo Juncker que a finales de octubre de 2015 insistía en que, “nos guste o no”, ese no era el momento apropiado para llamar la atención hacia las violaciones de derechos humanos del Gobierno turco.

Pero, en lo que respecta a la cuestión de los refugiados, entonces como ahora, los europeos dependen de Turquía. Hasta ahora, Ankara ha cumplido su parte del acuerdo. Si Erdogan realmente decidiera romper el trato y “enviar a los refugiados”, la Unión Europea se hallaría de nuevo donde estaba a principios de año: frente a un problema irresuelto de proporciones enormes.

Por otro lado, también Erdogan depende de los europeos. Y él no sólo los necesita en términos económicos, políticos y diplomáticos. La flexibilización de la Unión Europea frente a Turquía en la cuestión del visado es un tema que tiene un efecto directo sobre la política interior de ese país. Si Erdogan no le lleva la exención de visado al pueblo turco este verano, su popularidad sufrirá las consecuencias. Si lo hace, será celebrado en casa. De ahí que ambos lados tengan un gran interés en darle continuidad al pacto de los refugiados.

La gran lección: cuenta contigo mismo

A final de cuentas, el impasse por la ley antiterrorista turca gira en torno a la precisión con que se aplica el término “terrorismo”. Nadie en Europa está en contra de que Turquía arremeta contra terroristas. Lo que Europa reprocha es la abusiva implementación de esa ley por parte del Gobierno para hacer callar a políticos y periodistas que le son adversos. Esas posiciones no son irreconciliables. Lo más probable es que ahora Erdogan eleve considerablemente el valor de su cooperación, como lo hizo con el tema del respaldo financiero.

Pero aún cuando ambas partes lleguen a un acuerdo –y ojalá que así sea–, los europeos hacen bien en dotar a ese trato de un mecanismo que evite el abuso masivo de la libertad de tránsito.

No obstante, la Unión Europea aún debe aprender la lección más importante de su enfrentamiento con Ankara: aun cuando el pacto con Turquía logró reducir notablemente el flujo de refugiados hacia su territorio, Europa no debería contar exclusivamente con que otros países le sirvan de porteros; los europeos deberían proteger sus propias fronteras.

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