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El Mundo

Opinión: Minsk está muerto. ¡Viva Minsk!

Al cumplirse un año del Acuerdo de Minsk, el camino hacia la paz en el este de Ucrania sigue siendo complicado. Las medidas acordadas no han sido implementadas. Pero ese no es el único problema, opina Bernd Johann.

En los hechos, desde hace mucho tiempo debía regir un cese el fuego en el este de Ucrania. Pero en la región bajo dominio de separatistas prorrusos aún se producen disparos. Parece difícil hablar de un “conflicto congelado”, siendo que cada semana mueren personas. Observadores internacionales y organizaciones humanitarias siguen sin tener acceso libre y completo a la región. Igual que antes, armas pesadas están listas para ser puestas en acción. Y las vías de abastecimiento a los separatistas a través de la frontera rusa permanecen abiertas como las puertas de un granero.

Nadie cede nada

Hay una hoja de ruta para completar la paz. Contiene trece puntos muy claros. Fueron producto de una negociación en el llamado “formato de Normandía”, hace un año, entre la canciller Angela Merkel y el presidente francés Francois Hollande, con Petro Poroshenko y Vladimir Putin, los presidentes de Ucrania y Rusia. Prácticamente ninguna de las medidas acordadas en la capital bielorrusa, Minsk, fueron llevadas a la práctica.

Bernd Johann dirige la redacción de DW para Ucrania

Bernd Johann dirige la redacción de DW para Ucrania

Hasta la fecha, ninguna de las partes involucradas está dispuesta a ceder. Resulta difícil, y con razón, ver a Ucrania como víctima de la agresión dirigida por Rusia. De acuerdo con los términos del acuerdo de Minsk, Ucrania debería levantar su bloqueo financiero y comercial, para dar a la región derechos especiales en el marco de un proceso de descentralización. En Kiev no hay una mayoría política que favorezca tal solución.

Al mismo tiempo, deberían celebrarse elecciones libres en los territorios ocupados, con la presencia de observadores de la Organización para la Seguridad y Cooperación en Europa (OSCE). Ni los separatistas ni Moscú aceptan tal cosa. También ha sido rechazada la devolución a Ucrania del control de la frontera con Rusia, aunque el acuerdo de Minsk la establezca de modo preciso.

Pragmatismo en vez de resignación

Entonces, ¿ha sido un fracaso el acuerdo? Los políticos implicados siguen enarbolando el acuerdo, como si dijeran: “Minsk está muerto. ¡Viva Minsk!”. Uno puede ver algo de cinismo en esta postura. Pero aferrarse al acuerdo es más bien una expresión de pragmatismo que debe ser una especie de guía para políticos y diplomáticos en busca de soluciones en conflictos que parecen sin salida.

Igual que antes, Minsk es el único común denominador político en el cual se pudieron poner de acuerdo las partes en conflicto, hace un año. Rusia sigue criticando las sanciones occidentales. Pero uno busca en vano la evidencia que compruebe su compromiso con los términos del acuerdo.

Desconfianza en Rusia

En la Conferencia de Seguridad de Múnich podría producirse un nuevo giro diplomático para el fin de la violencia en Donbás. Es un asunto urgente. En octubre del año pasado se encontraron por última vez los jefes de Estado y de Gobierno del “formato Normandía”. Desde entonces solo ha habido algunos telefonemas. Los ministros de Asuntos Exteriores, en negociaciones posteriores, tampoco han avanzado.

Hay una completa y mutua desconfianza. Por eso, el acuerdo de Minsk juega aquí un papel. El Kremlin no ha asumido hasta hoy ninguna responsabilidad por el conflicto. A través de métodos de desinformación y sin escrúpulo alguno, Rusia lleva adelante desde hace dos años una guerra encubierta y no declarada contra Ucrania. Esto es lo que dificulta tanto la solución. Nadie sabe si Moscú está comprometido con el acuerdo de Minsk. Y esta duda solo puede ser resuelta por la misma Rusia.

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