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El Mundo

Opinión: la mentira en torno a la crisis migratoria

No solo la pobreza es motivo de migraciones y desplazamientos, sino sobre todo la guerra y el terrorismo. En consecuencia, la ayuda al desarrollo no puede reemplazar a la diplomacia, opina Astrid Prange.

Había una vez un cuento político. El escenario era el apacible Bonn. Los políticos lo contaban cada tarde en la televisión. Decían que querían ayudar a los migrantes, con mucho dinero; que querían ir a visitarlos en sus países de origen, construir escuelas, fundar centros de atención sanitaria e instalar cañerías de agua potable. Querían llevar paz y reconciliación.

Los políticos cuentan ese cuento desde hace ya más 20 años. Lleva el título de “Combatir las causas de la emigración en los países de origen”, y en 1993 llevó a una amplia restricción del derecho fundamental al asilo, consagrado en el artículo 16 de la Constitución alemana. También parlamentarios socialdemócratas lo creyeron y votaron en ese entonces a favor de un polémico acuerdo sobre el asilo.

La ayuda al desarrollo no impide guerras

El cuento tuvo un mal final. El último informe de Amnistía Internacional pone al descubierto que esas quimeras políticas son mentira. Porque, pese a un creciente presupuesto para la cooperación internacional, 50 millones de personas han dejado sus terruños, la mayor cantidad desde el término de la II Guerra Mundial.

Es evidente que las crisis migratorias globales no se pueden evitar con dinero para combatir las supuestas causas de la huída de regiones en crisis. Ni la actual guerra de Siria, ni la guerra de los Balcanes de los años 90, con las masacres de Bosnia y Kosovo, podrían haber sido evitadas con el respaldo internacional a proyectos de ayuda y desarrollo económico.

Naturalmente, no se les puede tomar a mal a los ministros alemanes cuando hacen campaña para obtener presupuesto utilizando palabras sonoras como paz, prevención del terrorismo o libertad. También es correcto que al aumento de los presupuestos de ayuda al desarrollo es fundamental para reducir la pobreza en el mundo, mejorar las oportunidades de educación y ampliar la infraestructura en países en vías de desarrollo. Pero es inadecuado suponer que la sola ayuda al desarrollo puede establecer la paz y la seguridad.

Armas para dictadores

Por eso, resulta irresponsable que políticos alemanes sostengan reiteradamente que con dinero adicional se podría combatir las causas de la emigración en países en crisis. Más aún: el cuento político de la ayuda al desarrollo nubla la mirada para medidas realmente importantes y contribuye así a evitar el urgente debate sobre la política para refugiados y a dejar sin respuesta preguntas incómodas.

Astrid Prange de Oliveira.

Astrid Prange de Oliveira.

Por ejemplo: ¿por qué un pedido de donaciones para el Líbano recabó solo un 18 por ciento del dinero requerido, pese a que el pequeño país vecino de Siria, de apenas 6 millones de habitantes, ha acogido a 1,2 millones de refugiados? O ¿por qué suministra Alemania armas a Arabia Saudita, pese a que el país se involucra en la guerra siria?

Esa falta de coherencia política les viene bien a dictadores como el presidente de Sudán, Omar Hassan Ahmad al-BAshir, o el de Siria, Bashar al Assad. El juego de cerrar los ojos y el de la persecución también pertenecen al repertorio político en Zimbabue, Arabia Saudita, Rusia y China, como lo demuestra el bloqueo en el Consejo de Seguridad de la ONU.

Pero la hora de los cuentos políticos ha terminado. Dramas de refugiados como los ocurridos en el Mediterráneo y ante las costas de Indonesia y Malasia ya no permiten cerrar los ojos. Alemania y Europa deben acordar una política humanitaria conjunta para los que buscan refugio. No solo para salvar vidas humanas, sino también para diferenciarse de regímenes que desprecian al ser humano. Los valores deben ser defendidos en la realidad, y no en los cuentos.

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