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Alemania

Opinión: la cultura del debate en Alemania toca fondo

En la discusión sobre la política de asilo, los frentes se endurecen. Los argumentos se tornan prédicas, y se cubre al interlocutor con sospechas. Esto no hace bien a la cultura política, opina Kersten Knipp.

Los economistas alemanes hacen cuentas: ¿qué significa el fenómeno de la migración? ¿Es benéfico para Alemania, o la perjudica? Las respuestas son diversas. La migración puede traer ventajas, dicen unos. Pero también es posible que implique perjuicios, aseguran los otros. Sobre los efectos se sabrá más dentro de un par de años.

Algo es seguro: con su actual política para refugiados, Alemania apuesta ante todo por el principio de la esperanza. Lo lograremos, se dice, y también en una variante un poco más vacilante: podemos lograrlo. O con un poco más de reservas: tenemos que lograrlo.

El pensamiento indomable

Es verdad: tenemos que lograrlo. No hay alternativa. El país está condenado al éxito. En esa dirección corre el pensamiento positivo, o también podría llamársele pensamiento “mágico” o “indomable”, como lo calificó alguna vez el etnólogo Claude Lévi-Strauss.

Kersten Knipp, periodista de DW

Kersten Knipp, periodista de DW

Pero la magia es capaz de soportar muchas cosas, menos una: la crítica. El pensamiento con distancia, la palabra mesurada, atentan contra la comunidad de fieles y amenazan con destruirla. Cuando el mundo apenas es algo más que voluntad e imaginación, incluso la mínima duda es un factor incómodo. Y éste es castigado, convertido en tabú. Precisamente esto es lo que parece suceder en Alemania cuando hoy se habla de migración.

Medios y pedagogía

No es posible comprobarlo científicamente, pero las conversaciones con amigos, conocidos y colegas –aunque ni con mucho sea con todos- permiten sacar una conclusión: una buena cantidad de personas están molestas por la manera como se discute acerca de la migración. Por ejemplo, en los medios. Muchos de estos, según la impresión generalizada, abordan el tema con una notable uniformidad, como si tuvieran la misión no de informar, sino de educar a sus lectores. Como si trataran de animar a que éstos apoyen de manera incondicional la política de Berlín acerca de los refugiados. La pregunta sobre si los periodistas creen que sus lectores son tontos –interrogante que desde hace mucho tiempo no es formulada con seriedad- es ya una frase célebre en los foros de discusión.

Es verdad que la cultura del debate en este país deja mucho que desear. Se puede discutir acerca de las "zonas de tránsito" para refugiados. Pero calificarlas de manera difamatoria como “reclusorios masivos” o “campos de prisioneros” envenena el debate político. Algo parecido pasa con la propuesta de sellar las fronteras alemanas. Hay razones para no hacerlo. Pero el argumento de que es “imposible” dicha medida es falso. En el mundo hay suficientes fronteras que prueban lo contrario. Quizá no contienen a todos, pero sí a la mayoría. Uno puede estar a favor o en contra de dicho aislamiento. Pero suponer que no funciona es simple y sencillamente deshonesto.

Peligroso tabú

El debate sobre los refugiados está impregnado de peligrosos tabús. Además, éstos son innecesarios. No toda objeción es señal de convicciones fascistas. Puede incluso corresponder al hecho de que hay argumentos que no convencen. Tampoco es verdad que cualquier expresión de malestar debido al gran número de refugiados automáticamente equivalga a una visión radical del mundo. De igual modo se puede expresar preocupación por la supuesta debacle de Alemania. Si se toma en cuenta que la cifra de refugiados es de 10.000 al día, los temores no son del todo infundados. Menos lo son, cuando uno calcula las cifras totales. Al mismo tiempo, no debe imponerse la idea de tomar bates de béisbol o armas de fuego. Al contrario: el escepticismo incluye la posibilidad de cuestionar al propio escepticismo. Son precisamente los escépticos quienes día tras día ponen a prueba sus propias objeciones, quienes reconocen avances donde temían fracasos, y quienes no sonríen con burla por los tropiezos, sino que se alegran de cada éxito.

El debate sobre los refugiados debe ser mucho más relajado. De ningún lado pueden transformarse los argumentos en prédicas, ni las cuestiones objetivas en meras convicciones. Si esto sucede, en Alemania podría perderse el que quizá es el logro europeo más valioso: la cultura de la duda.