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Europa

Opinión: La cara inhumana de Europa

En muchos puntos de Europa se registran dramáticas escenas en este momento y los Estados parecen capitular frente al desafío de los refugiados. Bernd Riegert, de DW, fue testigo de primera mano de situaciones inauditas.

“¿Por qué hacen esto con nosotros?”, me pregunta un joven sirio en el pueblo croata de Tovarnik, adonde llegó con su madre y dos hermanas tras huir de Damasco y cruzar los territorios de Turquía, Grecia, Macedonia y Serbia. Ahora está sentado en la acera de una calle, soportando sin apenas agua casi 40 grados a la sombra, sin casi qué comer, sin acceso a servicios sanitarios y, lo peor de todo, sin saber qué hacer. Las autoridades croatas dejan durante días a miles de personas pernoctando en condiciones inhumanas y sin información alguna. Sólo los voluntarios, que se cuentan por docenas, ofrecen ayuda; entre ellos hay vecinos de Tovarnik y un grupo proveniente de Múnich que se organizó espontáneamente vía Facebook.

Bernd Riegert, comentarista de Deutsche Welle.

Bernd Riegert, comentarista de Deutsche Welle.

¿Cómo continuará el viaje? ¿En tren, en autobús, a pie? Nadie lo sabe. De pronto se corre la voz de que los buses van hacia Hungría y enseguida apunta todo a que viajan hacia Eslovenia. La gente está exhausta, tiene la ropa sucia, los niños lloran, los ánimos se caldean. En fin, están viviendo situaciones inauditas. Los policías lucen impotentes y hacen lo posible para no hacer uso de la violencia, pero tampoco ellos tienen órdenes precisas. Y al final, los refugiados y los policías comparten una manguera, la única fuente de agua potable a mano. El Estado croata ha fracasado. Ya no puede ofrecer más asilo. Pero trasladar a los refugiados a sus fronteras con Hungría o Eslovenia tampoco es una solución política viable; esa práctica sólo genera tensiones entre los vecinos. Algo que, desde luego, no preocupa a los refugiados; ellos sólo quieren salir del atolladero en que se hallan.

Seres humanos tratados como pelotas

Cuando el joven sirio oye decir que deberá encaminarse hacia Hungría, para que él y su familia sigan siendo usados como pelotas en el juego político de los Estados balcánicos, se le hacen agua los ojos. “¿Por qué hacen esto con nosotros?”, vuelve a preguntar. Y ni yo ni el personal de las Naciones Unidas presente ni los miembros de la Cruz Roja podemos responderle. Los refugiados pasan horas de pie, empujándose o reaccionando aterrados ante el temor de perder los autobuses y trenes que salen de Tovarnik. El joven sirio insiste con un deje de desesperación que él todavía tiene dinero, que puede comprar un boleto, que él no quiere nada de Serbia, de Croacia, de Hungría o de Esalovenia; él lo único que quiere es llegar a Alemania o a los Países Bajos.

¿Es esto Europa todavía?

El vaivén de los políticos , el desvío arbitrario de las rutas de migración, la indiferencia de cara a las reglas de la Unión Europea; yo no puedo explicarle nada de eso al joven sirio. ¿Puede alguien explicárselo? Yo me siento impotente. Las circunstancias en Tovarnik ya no tienen nada que ver con la noción de humanidad. Europa necesita una solución. Y es que mucha más gente viene por el lado serbio. Miles de personas están marchando por la ruta de los Balcanes. “¿Por qué hacen esto con nosotros? Nosotros no somos animales”, pregunta el joven sirio, mientras lleva a su madre a una cola formada por gente agotada. Tovarnik es sólo una de las localidades europeas donde prevalecen condiciones caóticas. Uno encuentra situaciones similares en Cos, Calais, Bruselas y Berlín. Esto da vergüenza. ¿Es esta mi tierra, Europa?

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