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Europa

Opinión: Justicia tardía

Culpable en diez de los once cargos en su contra: así halló el Tribunal Penal Internacional para la exYugoslavia a Radovan Karadžić, quien recibió una larga pena de cárcel; sin duda, un desagravio para sus víctimas.

La sentencia contra Radovan Karadžić ha sido dictada: culpable en diez de los once cargos en su contra; entre ellos: genocidio, deportación, secuestro, asesinato y terror. El otrora líder de los serbios de Bosnia-Herzegovina recibió una pena de cuarenta años de prisión por su responsabilidad personal de cara a los crímenes en cuestión. Aunque esperado, ese veredicto tiene unas dimensiones épicas.

Con este fallo culmina un proceso descrito con frecuencia con superlativos: Karadžić, el acusado más importante y primer político de alto rango en uno de los juicios más exigentes en torno al más grande crimen de guerra cometido en Europa después del Holocausto.

Adelheid Feilcke, comentarista de Deutsche Welle.

Adelheid Feilcke, comentarista de Deutsche Welle.

Triunfo sobre el crimen

Para muchas de las víctimas de los crímenes cometidos en Bosnia-Herzegovina, este 24 de marzo será un día memorable por la magnitud del desagravio y por la esperanza que despierta: la Justicia sí puede imponerse. Desde luego, Karadžić puede apelar la sentencia. De hecho, cabe esperar que lo haga.

Sin embargo, el fallo es, sin duda, un hito en materia de jurisprudencia internacional, un triunfo del derecho internacional frente a los criminales de guerra. Poco antes de disolverse definitivamente y tras muchos pasos en falso, el Tribunal Penal Internacional para la exYugoslavia (TPIY) logró demostrar la responsabilidad individual de uno de los responsables políticos más importantes.

Y en poco tiempo, cuando termine la labor de los jueces del TPIY, lo que quedará, a pesar de todas sus debilidades, será un hito en materia de estándares internacionales para la defensa de los derechos humanos y el castigo de sus violaciones. La corte también ha sentado precedentes con su veredicto: ningún criminal de guerra debería sentirse seguro de ahora en adelante, ningún responsable político debería poder argumentar que ignoraba las violaciones de los derechos humanos y del derecho internacional perpetradas por funcionarios bajo su mando.

Los fantasmas del pasado

Sin embargo, a pesar de todos los progresos jurídicos que se hicieron en la investigación de los crímenes de guerra, los habitantes de los bastiones balcánicos afligidos por la guerra en la década de los noventa siguen teniendo por delante la tarea de digerir su pasado reflexivamente. Los fantasmas del pasado siguen estando presentes. Aún veinte años después de los Acuerdos de Dayton, la reconciliación entre las partes en discordia no ha prosperado; eso quedó claro durante el proceso contra Karadžić, de cara al cual los unos y los otros asumieron las posiciones habituales. Eso dejó en evidencia las brechas profundas que continúan existiendo entre los distintos pueblos de Bosnia.

El domingo pasado (20.3.2016), Milorad Dodik, primer ministro de la República Srpska, bautizó una residencia estudiantil con el nombre de Radovan Karadžić. ¿Qué señal quería enviar Dodik con ese gesto de solidaridad? Cualquiera menos un mensaje reconciliatorio para sus conciudadanos croatas, por ejemplo, con quienes debe convivir. Esa moción pinta un retrato desesperanzador de la división en Bosnia-Herzegovina, de la negación de la propia culpa, de la exaltación de los héroes de guerra…

Los simpatizantes de Karadžić ya tienen programadas manifestaciones para protestar airadamente contra la legalidad del tribunal, para poner en duda la validez de su veredicto y para resucitar creencias generalizadas durante los tiempos de guerra que ya habían sido superadas. Y el desagravio que sienten las víctimas solo atizará la ira de los acólitos de Karadžić.

No hay una identidad común

En días como estos salta a la vista que los ciudadanos de Bosnia-Herzegovina siguen estando muy lejos de construir una identidad común en un Estado compartido. Los niños siguen visitando cursos escolares separados en función de sus orígenes étnicos, no existen libros de historia comunes y el procesamiento del pasado no tiene lugar de manera conjunta. Cada grupo consume la información ofrecida por medios que refuerzan las respectivas creencias y visiones de mundo en lugar de reflexionar sobre los factores que tiñen sus perspectivas.

El fallo contra Karadžić es el punto final en el procesamiento jurídico del pasado bélico de Bosnia-Herzegovina. El procesamiento social sigue siendo una tarea pendiente. El país sólo puede tener un futuro común para todos si cada uno se enfrenta de manera honesta –por dolorosa que sea– con ese pasado difícil.

Karadžić pertenece a la traumática historia de ese país. Su ideología y sus actos no tienen lugar en la Bosnia-Herzegovina moderna, que más bien quiere ser parte de una Europa democrática. Bajo la bandera de ese proyecto deberían unirse todos los ciudadanos del país.