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Europa

Opinión: Engañaron al electorado

Sólo un tercio de los holandeses participó en el referéndum sobre el acuerdo UE-Ucrania. El “no”, sin embargo, es un revés para Europa. Pero la votación fue, sobre todo, un engaño al electorado, opina Barbara Wesel.

El referéndum fue un evento malintencionado. Viendo el resultado da la impresión de que la mayoría de los holandeses están en contra de la asociación entre la Unión Europea y Ucrania e, implícitamente, en contra de la UE en sí misma.

Referéndum con falsas pretensiones

Los propios organizadores del referéndum lo admitieron campantemente: se preguntó a los ciudadanos acerca de un acuerdo sobre política exterior y, al mismo tiempo, se interpretó la respuesta negativa como un rechazo a Europa. Todo el asunto fue una monumental proyección de falsedades. El líder de los holandeses euroescépticos y figuras de la “Nueva Derecha” que apoyan a Geert Wilders celebran la consecución de su objetivo: volvieron a mandar a Europa a freír espárragos.

Durante la campaña utilizaron todos los medios de fraude electoral. Para empezar, dijeron que el voto influíría en el proceso de adhesión de Ucrania a la UE. Pero, por otro lado, se valieron de los presuntamente dudosos negocios del presidente Poroshenko para confundir a los ciudadanos y hasta echaron esparcieron rumores de que quizá haya sido el bando ucraniano, y no el ruso, el que derribó el vuelo MH17 –una hipótesis que recibió una calurosa acogida en el Kremlin-. Además, convencieron a la gente de que la democracia significa dejarla votar sobre cualquier paso de su Gobierno en Europa.

Una forma de destruir la habilidad política

Los holandeses no merecen que, tras esta debacle, algunos comentaristas los califiquen de opositores a Europa. Y es que tan solo una quinta parte de los ciudadanos dijo no al tratado UE-Ucrania. De hecho, antes del referéndum, muchos reconocieron no saber realmente lo que se iba a votar. El argumento de que el 70 por ciento de la población que se abstuvo carga con la culpa del resultado obtenido, es absurdo. ¿Por qué debe alguien participar en un referéndum cuya pregunta considera sin sentido y cuyos objetivos no comparte?

En este tipo de votaciones reaparece siempre la conocida mezcla de descontento popular, frustración política y esa sensación de impotencia e ira hacia los estamentos de poder. Además, aflora una verdadera oposición a una Europa que normalmente se percibe como distante, en la que otros toman las decisiones. Pero, en cierto sentido, eso es irremediable. Una gran organización formada por 28 países, que lidia constantemente con decisiones y compromisos difíciles, no puede preguntarle cada vez su opinión a sus ciudadanos. Esa es la razón de ser de la democracia parlamentaria: debemos confiar en las decisiones de nuestros gobiernos. Y, en caso de dudas, no volver a votar por ellos.

¿De verdad quieren destruir la UE los propios europeos?

Lo que hace que este tipo de referéndums se vuelva tan peligroso es que los líderes pueden inducir a los ciudadanos a votar de cualquier manera imaginable. Incluso aquellas que dañen sus propios intereses. Los Países Bajos están estrechamente ligados a Europa. Su bienestar está basado en el comercio y los servicios del mercado interior. Si se preguntase de forma honesta a sus habitantes si quieren destruir la Unión Europea y quedarse solos y pobres dentro de los confines de su propio país, ¿cuál sería la respuesta?

Es el momento de la gran ofensiva. Europa tiene que planear cómo explicarle a la gente que no hay vuelta atrás, que no se puede volver al pasado. La exaltación nostálgica del Estado-nación sigue viva porque nadie es capaz de acordarse de lo pobre y laboriosa que era la vida antes de la creación de la Unión Europea.

Para aprender alemán: aquí encontrará a versión original de este artículo

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