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Europa

Opinión: el populismo triunfa en Italia

David Cameron fue el primer jefe de Gobierno europeo en dimitir este año tras ver sus iniciativas rechazadas por la vía del referendo. Matteo Renzi es el segundo. ¿Qué será de Italia ahora?, se pregunta Bernd Riegert.

El italiano Matteo Renzi es el segundo jefe de Gobierno comunitario en renunciar a su cargo tras ver sus iniciativas rechazadas por la vía del referendo. El primero fue el ex primer ministro de Gran Bretaña David Cameron. Ambos fueron forzados a dimitir por conciudadanos rabiosos, opuestos a las reformas, simpatizantes de los radicales de derecha o izquierda.

Tras un nuevo y fatal triunfo de los populistas suenan las alarmas en la Unión Europea. Políticos como Marine Le Pen, del Frente Nacional francés, y Matteo Salvini, de la Liga Norte italiana, se frotan las manos de júbilo a la derecha. Beppe Grillo y su oposición fundamentalista hace lo mismo a la izquierda. "¡Viva Trump! ¡Viva Putin! ¡Viva Le Pen!”, escribió Salvini en su cuenta de Twitter; él es el secesionista de ultraderecha que quiere ver al norte de Italia separado del sur. Es increíble el nivel al que ha descendido el enfrentamiento político.

No cabe duda de que la voluntad expresada democráticamente por el 60 por ciento de los italianos –en unos comicios que, además, contaron con una participación inusualmente alta– debe ser respetada incondicionalmente. Pero los factores que condujeron a este terremoto político son difíciles de entender. Los iracundos, los frustrados, los excluidos, e incluso muchos de los que han sacado provecho de un sistema parcialmente corrompido, han enviado a Renzi al demonio. ¿Acaso sopesaron las consecuencias de su decisión? ¿Acaso tienen mejores propuestas que las de Renzi? El de por sí bajo desempeño económico del país empeorará ahora debido a la creciente incertidumbre. ¿Qué inversionista lleva su capital a un país donde los antipolíticos del movimiento de Grllo tienen probabilidades de obtener respaldo mayoritario en las próximas elecciones?

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Bernd Riegert, comentarista de DW.

Renzi apostó y perdió

En buena medida, Matteo Renzi provocó su propia caída. Como actor político, él no temía tomar riesgos. En 2014, cuando ganó claramente las elecciones europeas, Renzi se sintió lo suficientemente fuerte como para hacer girar el engranaje más grande del sistema y proponer una reforma del Estado. Acopló su destino político personal al éxito de esa reforma y, virtualmente, sometió su liderazgo a una votación de confianza. Cuando las encuestas revelaron que se había sobreestimado, el primer ministro echó marcha atrás y luego, con desgano, siguió hacia delante. Su discurso cambió y, de repente, lo importante ya no era él como mandatario, sino Italia como nación. El pueblo italiano no le creyó una palabra. La oposición, sobre todo el ultrapopulista Beppe Grillo, aprovechó la oportunidad. Grillo no cesó hasta persuadir a sus compatriotas de que Renzi quería embaucarlos y robarles la democracia. Desde luego, ese es un sinsentido, como lo es todo el programa político del popular comediante y bloguero.

Arrogante y engreído, Renzi intentó poner a régimen al aparato estatal, obligándolo a adelgazar y a ser más rápido, más eficiente. En principio, ese era un propósito loable, aún cuando no todos los detalles estaban bien resueltos, como dicen los politólogos y otros expertos. Renzi quería demostrar que era posible promover cambios en un sistema oxidado y, hasta cierto punto, corrupto. Ahora, es poco probable que esos cambios tengan lugar a corto plazo. Y no es el único que deberá cargar con las consecuencias de sus apuestas políticas riesgosas.

El estancamiento no ayuda para nada

El mundo financiero y los inversionistas castigarán a la de por sí alicaída economía italiana y dejarán caer a los bancos tambaleantes. Italia podría terminar sumida en la recesión nuevamente. Las deudas, que ya alcanzan niveles inauditos, crecerían.

Eso convertiría a Italia en un serio problema europeo. Y lo que el bloque comunitario menos necesita en este momento, marcado por la salida de Gran Bretaña y la crisis irresuelta de Grecia, es a una Italia debilitada. En el peor de los casos, Italia contará con un Gabinete tecnocrático durante un año, lo cual equivale a meses de estancamiento hasta que se celebren las próximas elecciones.

Si tuvieran lugar comicios anticipados, la tropa populista de Grillo tomaría control del timón; eso es lo más probable. Grillo, que atiza la ira y saca provecho a la frustración, quiere que su país abandone la zona euro. Si eso llegara a suceder, sería el fin de la unión monetaria europea, ya que Italia continúa siendo la tercera economía de Europa y uno de los contribuyentes más importantes, tanto del presupuesto comunitario como del fondo de rescate europeo.

Al contrario de los populistas de otros Estados comunitarios, los de Italia no articulan un discurso xenofóbico ni racista, no recurren a los refugiados como chivos expiatorios ni tienen un carácter nacionalista. Sin embargo, el castigo que ahora recibe el Gobierno en las urnas es viento en las alas de políticos como el neerlandés Gerd Wilders o la francesa Marine Le Pen, quienes saldrán a cazar votos en la primavera de 2017 con sus proclamas misantrópicas.

Desde allí, el virus populista podría saltar a Alemania: en otoño de 2017, la autoproclamada Alternativa para Alemania (AfD) buscará movilizar a los patriotas enardecidos. Qué curioso que sean precisamente los italianos quienes ahora le están echando una mano, ¡Mamma mia!

Usted puede leer la versión original de este comentario en alemán.

Bernd Riegert

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