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Europa

Opinión: el fin de la esperanza

De antemano estaba claro que la cumbre de la UE y los países no comunitarios del Este de Europa acabaría en decepción. Según Barbara Wesel, Rusia no le deja a Bruselas ningún marco de maniobra, políticamente hablando.

El presidente del Consejo de la Unión Europea se pronunció abiertamente sobre lo que la canciller alemana, Angela Merkel, evitó hablar a toda costa: Donald Tusk hizo alusión al “convidado de piedra” en la cumbre en Riga y lo llamó por su nombre. Según Tusk, Rusia –y con ello el presidente Vladímir Putin–, compensa “sus insuficiencias con tácticas destructivas, agresivas y fastidiosas”. De esta forma, el alborotador polaco trajo a colación el conflicto que paralizó la reunión en buena medida.

Barbara Wesel, corresponsal de DW para Europa.

Barbara Wesel, corresponsal de DW para Europa.

Todas las discusiones sobre progreso, democratización, lucha contra la corrupción, derechos humanos o sistemas judiciales en los países de Europa Oriental están marcadas por restricciones ante el temor de incomodar a Moscú. Nadie quiere poner en peligro el difícil balance que los europeos han negociado para el este de Ucrania, convirtiendo el conflicto militar en una especie de conflicto congelado.

Miedo a las reacciones de Moscú

De ahí que las palabras prohibidas en Riga fueran: perspectivas de ingreso a la UE. En la declaración conjunta de la cumbre, se evita cuidadosamente hablar de escenarios concretos. En lugar de ello, se mencionan vagamente el acercamiento y la cooperación. El próximo año entrará en vigor el tratado de libre comercio firmado por Ucrania y el bloque comunitario. Sin embargo, hasta la fecha, nadie se ha atrevido a sugerir siquiera que se vaya a simplificar el sistema de obtención de visados en un futuro cercano. El miedo a una migración masiva hacia Europa Occidental es demasiado grande.

Esto pone de manifiesto lo que ha quedado de la gran idea de la política comunitaria de cooperación con el Este: un bufet de medidas políticas aisladas y acuerdos sobre pasos diminutos de cooperación y concesiones. Todo regido por el miedo a las reacciones de Moscú.

Una decepción programada

De antemano estaba claro que la cumbre acabaría en decepción, puesto que las circunstancias políticas han cambiado de forma impredecible. Mientras que tres países vecinos se orientan hacia Occidente, otros tres siguen a Moscú.

Por otro lado, hasta Bielorrusia le tiene miedo a la supremacía de Vladímir Putin. Lo que ha ocurrido en Ucrania Oriental asusta hasta al dictador Lukashenko. Gracias a su ayuda en las negociaciones de Minsk, el líder bielorruso ha ganado simpatías en Occidente. Por su parte, el Gobierno de Azerbaiyán se vuelve cada vez más dictatorial.

La respuesta de Bruselas a la compleja y cambiante situación en los países de Europa del Este se ha convertido en una política de vecindad a la carta. Para cada país hay un programa de ayuda, concesiones y advertencias especiales. Atrás quedaron una visión y perspectivas conjuntas. Poco queda del optimismo de la fundación de la cooperación con el Este. El bloque comunitario no se atreve a enviar una señal de fuerza. Esto es triste, pero se llama Realpolitik.