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América Latina

Opinión: el chavismo aún no está acabado

A dos años de la muerte de Hugo Chávez, su mito no se ha agotado, por mucho que así lo quisieran sus oponentes. Pero el culto se ha vuelto más difícil de sostener debido a la situación en Venezuela, opina Uta Thofern.

“La religión es el opio del pueblo”, dijo Karl Marx. Desde entonces, tanto el comunismo como el modelo precursor socialista han cargado la etiqueta de ser los críticos de la religión, los esclarecedores, o dicho en pocas palabras, los progresistas. Pero el diagnóstico de Marx condujo directamente a un uso inflacionario de símbolos y rituales seudorreligiosos en los sistemas socialistas. Mientras peor es la situación, mayor es el fervor con el que el culto a la personalidad y las promesas de salvación avanzaron en el siglo XX, donde quiera que el socialismo no fue capaz de aprovisionar convenientemente a sus seguidores. Siguiendo un mismo modelo, esto vino acompañado de síntomas de un ejercicio religioso medieval: el enemigo como oscura imagen, las teorías conspirativas y, naturalmente, la inquisción.

Lo que para los cristianos menos instruidos fue el diablo, para los socialistas de hoy es el fascismo/capitalismo/imperialismo, y a elección, también la globalización o la austeridad. En Venezuela es Estados Unidos el que personifica el “imperialismo del norte”. Según el dictado del régimen, los opositores son, en el mejor de los casos, neoliberales; siempre de tendencias desde derechistas hasta fascistas; activos como peones del enemigo del norte, en la mayoria de los casos para urdir planes golpistas, en cuya prevención deben ser arrestados. Para su fortuna, el menos carismático Nicolás Maduro puede apoyarse en su antecesor: "Nuestro Comandante Chávez dejó un gran legado… un antiimperialismo basado en Cristo redentor, un antiimperialismo del siglo XXI”, dijo Maduro durante la conmemoración del segundo aniversario luctuoso de Chávez.

Causas concretas

Estos días, el culto a la persona del líder chavista histórico ha dado giros tan grotescos, que un observador externo solo podría soportarlo con una ironía muy amarga, a causa de la desoladora situación en Venezuela. Pero hacer mofa de dicha situación sería incluso arrogante, pues la admiración casi religiosa que despierta Chávez, y de la cual su sucesor aún saca partido, obedece a causas concretas.

Antes de Chávez, Venezuela era ya un país profundamente polarizado, en el cual cerca de la mitad de la población vivía en una pobreza relativa. Esas personas se vieron excluidas de la bonanza petrolera del país, y además se sentían despreciadas por la clase alta y pudiente. La política chavista de redistribución cambió ambas cosas. Los niveles de pobreza descendieron continuamente durante su gobierno, mientras que el orgullo de los pobres creció con “su” revolución.

Uta Thofern dirige el Departamento para América Latina de DW

Uta Thofern dirige el Departamento para América Latina de DW

La política económica bolivariana no es sostenible, y eso ya se veía desde que Chávez estaba vivo. Pero la carga de tener una economía totalmente dependiente del petróleo la sintió su sucesor, Nicolás Maduro. Entre tanto, la pobreza ha regresado casi a los niveles anteriores a los que había cuando Chávez tomó posesión. La crisis de abastecimiento es tan mala como nunca antes: incluso los productos mas sencillos de uso cotidiano son a menudo inaccesibles. Quienes más resienten todo esto son, naturalmente, los pobres. Ellos no pueden darse el lujo de sobornar a alguno de los inspectores voluntarios de supermercados, ni de conseguir medicamentos a través de personas conocidas en el extranjero. Pero los pobres han conservado su orgullo, y los reveses económicos en parte parecen impulsarlo.

El ejemplo venezolano

Los niveles de popularidad de Maduro han caído hasta la mitad en los úiltimos dos años. Pero ni con mucho puede pensarse que la victoria de la oposición en las próximas elecciones está garantizada. Hasta ahora, el chavismo ha triunfado –así sea por margen estrecho- en todas las elecciones en que se ha presentado. Por eso, mientras los más débiles económicamente no se sientan anímicamente mucho peor que antes de la revolución, las cosas no cambiarán de manera automática. Por eso es tan importante para Maduro presentar la escasez de productos alimenticios como parte de una “guerra económica” de Estados Unidos, o denunciar cada dos semanas un nuevo intento por deponerlo del cargo. Mientras los más pobres no se sientan representados por la oposición, o no se sientan amenazados, aceptarán a Maduro como sucesor legítimo del “comandante eterno” y el presidente podrá sentirse seguro.

La crítica de los países vecinos también se mantendrá en silencio, mientras Maduro aparezca como el representante de un modelo político antiestadounidense, que algunos de esos mismos países han adoptado como ejemplo. Sin embargo, crece el malestar aun dentro del propio partido. Otros compañeros de lucha de Chávez no desean que un presidente poco carismático les eche a perder su revolución y su futuro, de tal modo que se han producido rumores sobre un golpe de Estado que se originaría desde las propias filas. Es difícil imaginar cómo podría éste ser presentado de manera propagandística.

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