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América Latina

Opinión: después del "impeachment" viene la resaca

Cuando pase la euforia por la separación de Dilma Rousseff de la presidencia brasileña, la población percibirá que la crisis continúa y que gran parte del Legislativo aún es corrupta, opina Francis França.

Dilma Rousseff fue separada de la presidencia de Brasil. Por lo menos 100 millones de brasileños celebran el desenlace del proceso de “impeachment” a la mandataria. Buena parte de ellos esperaba este momento desde que Dilma asumió su segundo mandato, el 1 de enero de 2015. Para el 61 por ciento de brasileños que según una encuesta reciente de Datafolha favorecen la separación del poder para la presidenta, el resultado de la votación en el Senado fue una victoria.

Pero cuando pase la euforia, lo que quedará será la resaca. Los brasileños se darán cuenta de que aún están en medio de una crisis económica (el desempleo y la inflación continúan siendo de dos dígitos). También percibirán que el país además requiere urgentemente de una reforma política, fiscal y de seguridad social, y que la aprobación de esas reformas sigue en manos de un Congreso donde el 60 por ciento de los diputados y senadores tienen asuntos pendientes con la Justicia, muchos relacionados con la corrupción.

Pasada la fiesta del “impeachment”, el gobierno de Brasil queda ahora en manos del presidente interino, Michel Temer, cuyo índice de desaprobación es casi tan alto como el de la presidenta sometida a juicio político. Además de la impopularidad, Temer deberá enfrentar un obstáculo aún mayor: la oposición del PT. El partido de Dilma, que controla la tercera mayor bancada en la Cámara de Dipitados y la segunda mayor en el Senado, no reconoce la legitimidad del gobierno de Temer y cerrar el paso a todo lo que pueda. No es nada nuevo en el frente de la política brasileña.

Francis França dirige la redacción de DW para Brasil

Francis França dirige la redacción de DW para Brasil

Temer tendrá seis meses –y dos años siete meses si la presidenta es destituida definitivamente- para gobernar, ya que anunció que no quiere ser candidato para las elecciones de 2018. Aún cuando quisiera, no podría hacerlo, por lo menos si se confirma la decisión del Tribunal Regional Electoral de Sao Paulo, que lo vuelve inelegible debido a las irregularidades en donaciones a su campaña de 2014. Pero si lo hiciera, difícilmente sería reelecto. Otra encuesta reciente de Datafolha indica que la intención de voto a favor de Temer no pasa del 2 por ciento.

En resumen, Temer llegará al poder probablemente en un viernes 13, con una popularidad a la baja y un mandato con plazo de vencimiento. Su única oportunidad de surgir como estadista en un proceso controvertido como este, sería luchar con todas sus fuerzas para que el Congreso apruebe las reformas que Brasil necesita. Eso haría historia y daría con bofetón con guante blanco al PT, que pasó 13 años sin poder reformar el sistema político que tanto criticaba cuando era oposición.

Temer ha indicado que promoverá un sesgo liberal en la política económica, con privatizaciones, el establecimiento de un techo al gasto público, y la revisión de los programas sociales. Y prometió apoyo a la Operación Lava Jato en las investigaciones del escándalo de corrupción en Petrobras, procurando disipar los temores de que dicha pesquisa acabe con la salida de Dilma.

Por el momento, la buena noticia es que Brasil puede superar la parálisis política en que se encontraba. La segunda es que se acabarán las insufribles e interminables votaciones sobre el “impeachment”, por lo menos hasta que haya una sentencia.

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