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Alemania

Opinión CONTRA: Sin consecuencias

El Bundestag quiere aprobar una resolución sobre el genocidio de los armenios durante la I Guerra Mundial a manos del Imperio Otomano. El editor jefe de DW, Alexander Kudascheff, no lo encuentra apropiado.

Por supuesto que no hay nada que decir en contra si el Bundestag llama genocidio al genocidio cometido contra los armenios. La única pregunta es: ¿Por qué lo hace? ¿Hay alguna razón? ¿Aparte de la moral, o la arrogancia alemana? No, verdaderamente no hay ninguna.

Entender el genocidio como genocidio, comprenderlo, percibirlo y ordenarlo históricamente es cosa de los turcos. Ellos son los que tienen que enfrentarse a su historia y a su pasado.

Alexander Kudascheff

Alexander Kudascheff

Ellos son los que deberían traducir al turco la conmovedora novela de Franz Werfels “40 días de Musa Dagh”, sobre el martirio de los armenios durante la Primera Guerra Mundial a manos del Imperio Otomano. Deberían incluirla en las lecturas escolares si es que quieren enfrentarse a su historia. Pero desde luego no es una tarea del parlamento alemán –ni la de los partidos que hablan en nombre de todos los alemanes- hacerse cargo de las tareas que le corresponden a los turcos y a los representantes de la política turca. Esto no es solo arrogante, sino también presuntuoso. Es una interferencia en los asuntos internos de un país. Es cruzar una frontera.

¿Cuándo apelar a la moral, y cuándo no?

A saber: aquí no se trata de la moral, sino de la posición alemana. A medida que los alemanes se han ido enfrentando a su pasado, al Tercer Reich, a la Segunda Guerra Mundial y, especialmente, al asesinato en masa de judíos europeos, esto se ha convertido en un ejemplo para muchos países. Y es que es una forma de tener presente, aceptar y comprender la rotura social que provocó el Tercer Reich como un legado, como una deuda del pasado alemán.

Si pensamos que los turcos deben hacer lo propio, la tarea corresponderá a historiadores, científicos, politólogos y expertos, sobre todo alemanes y turcos. Pero el Bundestag, desde luego, no es el lugar. ¿O es que pronto también condenaremos el estalinismo, el maoísmo, el régimen de los Jemeres Rojos y la Guerra de Vietnam como crímenes contra la humanidad?

¿Cuándo nos conviene apelar a la moral, y cuándo no? Y, sobre todo, ¿qué se persigue? ¿Suspender las relaciones con estos países hasta que hayan reconocido su pasado? No: la resolución del Bundestag –al igual que la de la Asamblea Nacional francesa hace unos años- es un gesto moral honorable. Pero es presuntuoso, arrogante y, peor aún, no tendrá consecuencias. La diplomacia no es una competición moralmente decente. Es el manejo prudente y racional de las relaciones entre Estados. Ni más, ni menos.

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