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Cultura

Opinión: Asalto al pasado

Para dañar antiguas estatuas, patrimonio cultural no sólo de Irak sino de todo el Cercano Oriente, al “Estado Islámico” le bastaron un par de minutos y golpes de martillo. Todo para nada, opina Kersten Knipp.

La aparentemente casual destrucción obedece a un cálculo político. Documenta nada más y nada menos que la aspiración del llamado “Estado Islámico” (EI) de desmembrar la identidad de toda una región. Una identidad que se basa en el principio de la diversidad cultural, de la que daban cuenta visible también estas estatuas de tiempos preislámicos. Para el EI constituían por ello una insoportable provocación. Así como la organización acosa, mata o destierra a todos aquellos que profesan alguna otra fe religiosa, intenta también borrar todo aquel pasado que no encaja en su concepción del mundo. El asesinato en masa e iconoclasia son, en este caso, dos caras de una misma moneda.

Sacrilegio cultural por mandato divino

Como sea y sin excepción, los iconoclastas de todos los tiempos han tenido que aprender, en últimas, que su obra es en vano. Los intentos por destruir el pasado y sustituirlo por “lo nuevo” son ya viejos. En el Libro del Éxodo del Viejo Testamento, Dios le pide al profeta Moisés que haga tabla rasa al llegar a la Tierra Prometida. Sobre todo, le prohíbe aceptar el culto de los habitantes que allí halle: “derribaréis sus altares y quebraréis sus imágenes”.

Una de las grandes conquistas de la Modernidad radica, justamente, en rechazar tales prácticas. Pero ello no quiere decir que hayan desaparecido de la faz de la Tierra. Al contrario, los enfrentamientos culturales se han reforzado, especialmente en el terreno de la arquitectura y las artes plásticas.

Parte de la historia de Europa

Cuando los franceses entraron en Argel en 1830, destruyeron el centro de la ciudad para erigir en su lugar una "Place d´armes", su campo de instrucción. Allí el Ejército celebraría en lo sucesivo sus desfiles. Con ello, los conquistadores dejaban claro a los vencidos que se trataba de una nueva era, contra la cual toda resistencia sería en vano. A la destrucción de la arquitectura le siguieron medidas draconianas contra todo aquel que se atreviese a pensar diferente y atravesarse en el camino del poder colonial.

Kersten Knipp, periodista DW.

Kersten Knipp, periodista DW.

Aún más rigurosos fueron los iconoclastas del siglo XX. Con las sinagogas ardientes de los pogromos de noviembre de 1938, los nacionalsocialistas anunciaron su campaña de aniquilación contra los judíos alemanes y europeos. Ya en 1931, Stalin había hecho volar la iglesia de Cristo Salvador en el corazón de Moscú para erigir, en su lugar, el Palacio de los Soviets. El edificio de 400 metro de altura nunca se hizo realidad, la radicalidad de la acción mostró la rigurosidad con la que se abonaría el terreno para el hombre nuevo soviético, una rigurosidad de la que cientos de miles fueron víctima, en medio de masivas “limpiezas”.

Los Jemeres Rojos comenzaron atacando los monasterios de Camboya, para luego perseguir a todos aquellos que, a sus ojos, habían cometido el pecado imperdonable de vivir en las ciudades, los centros de la civilización. Ambas formas de vida, la obstinación contemplativa de los monasterios y la cultura refinada de las ciudades, desentonaban con el idilio proletario y campesino con que soñaban los Jemeres Rojos. Para imponerse en su lucha contra la realidad, enviaron a cerca de dos millones de personas a la muerte.

Asimismo, casi al final del siglo XX, el Ejército serbio destruyó deliberadamente las ciudades de sus enemigos. La croata Vukovar, por ejemplo, debía ser reconstruida, tras su destrucción, en un estilo serbo-bizantino que, en realidad, nunca había existido.

Compensación por el paraíso perdido

Pese a toda la supuesta ilustración de la Modernidad, ella misma pareciera, incluso, impulsar involuntariamente este tipo de sacrilegios culturales que tanto rechaza. Pues, si es precisamente la Modernidad la época que ha impuesto, como nunca antes, radicales giros a la tradición, todos aquellos que la viven están obligados a preguntarse, cómo se orientarán ahora. Así vistas, todas las ideologías totalitarias no son sino violentas empresas compensatorias: Nacionalsocialismo y Comunismo podrías entenderse así como intentos de sustituir por uno nuevo el paraíso perdido. Justo el objetivo que ahora se traza el yihadismo. También sus seguidores sueñan con un nuevo paraíso en la Tierra, el del dominio del califato.

Y aunque los yihadistas no lo quieran aceptar: su campaña no es más que una demostración más de cuán moderno se ha vuelto hace ya mucho el Cercano Oriente. El EI, como todos los movimientos extremistas, sólo podrá resistirse por un tiempo. Su obra destructiva está destinada, al final, al fracaso. Pues en ningún lugar, ni en Siria, ni en Irak, ni en cualquier otro sitio del mundo, la gente se deja prescribir por tiempo indefinido cómo deben pensar y creer. Como otros sometidos por regímenes totalitarios, también la mayoría de los sirios e iraquíes hallan que las sombrías normas de los yihadistas son un precio extremadamente alto a pagar por la supuesta salvación de sus almas que los terroristas prometen a cambio. Como todas las ideologías, tampoco la del EI podrá manipular eternamente ni el presente ni el pasado. Hasta entonces, sigue siendo válida la afirmación de que “de buenas intenciones está empedrado el camino al infierno”.

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