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El Mundo

Opinión: Élite de Pakistán, en la mira

Pakistán se ve golpeado por atentados casi cada día. El terrorismo no se podrá erradicar del país si la sociedad no cuenta con una resistencia civil clara y valiente, opina Florian Weigand.

El ataque talibán a una universidad paquistaní evoca recuerdos sombríos. Ha pasado poco más de un año de la masacre cometida en una escuela de Peshawar, a escasos 50 kilómetros del lugar donde se cometió el atentado esta mañana. En aquella ocasión murieron más de 150 niños y profesores. Aunque parece que hoy han sido menos las víctimas mortales, no es consuelo. Además, comparar ambas cifras no sería solo cínico, sino también una forma de eludir la realidad. Y es que lo único importante aquí es el mensaje: una vez más, las élites paquistaníes están en el punto de mira de los talibanes, especialmente los hijos de militares, políticos, empresarios y académicos.

¿Ataque contra el autoproclamado “Príncipe de la paz” Sharif?

Los extremistas saben que sus acciones sólo cobran protagonismo cuando las élites se sienten amenazadas. Los ya casi rutinarios ataques perpetrados en bazares, puestos de control o contra convoyes militares, crean inestabilidad y preocupación. Pero, al fin y al cabo, afectan poco a los que de verdad toman las decisiones en el país. A pesar de que el objetivo de los atacantes, en términos concretos, deja mucho espacio para la especulación, es probable que tenga que ver con la pretensión de Nawaz Sharif, nuevo primer ministro de Pakistán, de ser el “Príncipe de la paz” en la región.

Tras las conversaciones entre Pakistán, Afganistán, Estados Unidos y China, la consigna parece clara: persuadir a los talibanes de la necesidad de una paz duradera. Precisamente ahora, Sharif acaba de regresar de un viaje por Arabia Saudí e Irán, donde ha mediado, de forma voluntaria, entre ambos países a raíz del agravamiento del conflicto entre sunitas y chiítas. Para muchos ha sido la gota que ha colmado el vaso. Los ataques pueden ser vistos como una amenaza para el esfuerzo realizado. Es algo que encaja muy bien en la actual coyuntura. No hay más que recordar que el acercamiento entre Pakistán e India también fue torpedeado por un ataque terrorista contra una base del ejército indio. Desde entonces, el proceso está paralizado.

Hace un año, sin embargo, los extremistas calcularon mal las consecuencias del ataque a la escuela de Pesahawar. Y es que la reacción de la sociedad paquistaní fue mayúscula. En medio de una gran operación militar, el Ejército fue enviado a la frontera con Afganistán a recuperar las zonas controladas por los talibanes. Se reintrodujo la pena de muerte en el país e, incluso, se condenó a la horca a mucha gente que no tenía vínculos con el terrorismo. El éxito de aquella reacción del Gobierno, sin embargo, parece haberse olvidado, en vista del ataque de esta mañana al campus universitario.

Los baluartes del radicalismo ni se inmutan

La aguerrida reacción contra el terrorismo no intimidó a los verdaderos bastiones de la radicalización. De hecho, no se vieron afectados por la campaña. Las madrasas –escuelas religiosas-, a pesar de tener mala reputación, siguen funcionando con libertad, reclutando niños para la guerra santa. Los flujos financieros procedentes del extranjero para apoyar las actividades terroristas no han sido perseguidos en ningún momento. Y, por si fuera poco, nadie se atreve a disciplinar al tristemente célebre servicio secreto ISI, sospechoso de haber utilizado el extremismo islámico al servicio de sus intereses en la región, para torpedear al gobierno civil.

Lo que hace falta es una amplia, fuerte y articulada resistencia social que cuente, sobre todo, con el apoyo de las élites del país que, por segunda vez, están en la mira de los extremistas. Debería ser un islam liberal, como el que ha habido tradicionalmente, y desde hace siglos, en el subcontinente, vivido en la esfera privada y pocas veces articulado en público. El miedo a caer en la trampa jurídica de la blasfemia y, por consiguiente, a sufrir represalias más “sutiles” es enorme. Sin un debate abierto, en el que se especifique claramente que las raíces del extremismo están en nuestra propia sociedad, será imposible erradicar el extremismo en Pakistán.



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