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Política

Murió Bobby Fischer. Una vida entre el genio y la paranoia

La vida de Bobby Fischer, fallecido hoy a los 64 años en Islandia, osciló de extremo a extremo, sin dejar indiferente a nadie.

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Bobby Fischer en Nueva York, en abril de 1962.

Bobby Fischer fue héroe de Estados Unidos durante la Guerra Fría, "villano" que rozó la paranoia al festejar los atentados del 11-S y siempre una de las más importantes figuras del ajedrez y del deporte mundial.

En 1972, al ganar el título mundial a Boris Spaski se convirtió en el héroe que necesitaba Estados Unidos en la permanente batalla de símbolos que tenía con la Unión Soviética. Fue en Reykjavik, la capital de Islandia, donde comenzó su leyenda y terminó su vida.

Aquel duelo con Spaski en plena Guerra Fría entre un estadounidense y un soviético era mucho más que una partida de ajedrez. Además del reto mental, el tablero adquirió una connotación política.

Todo Estados Unidos respaldaba a Fischer, que a los 14 años ya era campeón nacional absoluto y al año siguiente se convirtió en el gran maestro más joven de la historia. Con un cociente intelectual de 180 y una memoria prodigiosa, nadie dudaba de que se trataba de un genio.

Y como todos los genios, no estaba exento de excentricidades, que con el paso del tiempo se fueron acrecentando. Ya de niño era un apasionado del ajedrez y aprendió ruso para poder leer las principales revistas del deporte.

Con ese aura llegó a Islandia en 1972, a enfrentar a Spaski, el campeón mundial. Perdió la primera partida y a la segunda no se presentó porque le molestaban los focos de las cámaras de televisión.

Al final remontó y terminó ganando por 12,5 a 8,5, y Estados Unidos lo encumbró a la categoría de héroe nacional a la altura del astronauta Neil Armstrong tras pisar la Luna.

“El mejor soy yo”

"No me gustaría ser inmodesto, pero el mejor jugador del mundo soy yo", dijo el ajedrecista, ya convertido en icono. Como héroe del país capitalista por excelencia, qué mejor que adorar al preciado dólar.

"Soy un individuo detestable. Mis ideales son el ajedrez y el dinero. Quiero ser riquísimo. Todos quieren serlo, pero ninguno lo dice. ¿Es pecado?".

Su pasión/obsesión por el dinero fue la que hizo que en 1975 no aceptase la condiciones económicas y se negara a defender su título ante el joven soviético Anatoli Karpov, que se convirtió así en campeón mundial sin mover una pieza.

"Cualquiera que sepa de ajedrez sabe que, salvo por el título, soy el campeón de todo. Hace ya tiempo que soy el mejor", señaló el estadounidense.

Fischer desapareció de competiciones y torneos. Y apareció en 1992, cuando se enfrentó en Yugoslavia de nuevo a Spaski, 20 años después del primer duelo. Fischer ganó otra vez con diez triunfos, cinco derrotas y diez tablas, y, sobre todo, llenó su bolsillo con más de tres millones de dólares.

En contrapartida, su país, Estados Unidos, le declaró "enemigo público" por haber violado el embargo decretado entonces por la administración de Bill Clinton contra el gobierno yugoslavo de

Slobodan Milosevic en plena guerra de los Balcanes.

Nunca volvió a los EE. UU.

Ya no volvió nunca más a la tierra que le vio nacer. Vivió de país en país promoviendo su ajedrez aleatorio, en el que la posición inicial de las piezas -excepto los peones- se sortea antes de la partida, invalidando así la teoría de las aperturas.

Fischer burló la orden de búsqueda y captura que pesaba contra él hasta que en julio de 2005 fue apresado en Japón al tratar de viajar a Filipinas con un pasaporte falso.

Ocho meses estuvo arrestado en Japón, al que Estados Unidos reclamó la extradición. Fischer solicitó asilo político, renunció a su ciudadanía norteamericana y hasta se casó con su amiga y

presidenta de la Federación Japonesa de Ajedrez para evitar ser trasladado a Estados Unidos.

Islandia salió entonces al rescate. Le ofreció pasaporte y visado, pero Japón no lo consideró suficiente. Tras meses de batalla legal, el Parlamento finlandés concedió la nacionalidad a Fischer por cuestiones humanitarias y Japón accedió a enviarlo al país europeo.

Fueron prácticamente sus últimas imágenes públicas. Con un jersey amplio, gorra de béisbol y larga barba gris y triunfante por su destino a Islandia, arremetió contra todo.

"No fue un arresto, sino un secuestro tramado por (George W.) Bush (presidente de Estados Unidos) y por (Junichiro) Koizumi (entonces primer ministro de Japón)", dijo Fischer, que admitió haber celebrado los atentados terroristas contra las Torres Gemelas de Nueva York el 11 de septiembre de 2001.

Fischer tildó a Bush y Koizumi de "criminales de guerra" y dijo que "deberían estar colgados". Así pasó de nuevo al anonimato en Islandia, donde en parte encontró la paz. Dejó de huir, pero su mente maravillosa se vio afectada por la paranoia, según publicó en noviembre el diario argentino "Página/12", que se desplazó hasta el país nórdico.

“Miedo de todo”

"Una de las auténticas leyendas del deporte moderno, considerado como uno de los diez deportistas más grandes del siglo XX, permanece internado desde hace más de un mes con serios problemas físicos y fuertes signos de paranoia, en el Landspitali, el hospital de la Universidad de Reykiavik", decía el autor del artículo.

"Está más que paranoico", dijo al diario uno de los vecinos del barrio que frecuentaba Fischer. "Tiene miedo de todo", agregó una empleada de un hotel de la zona.

Desde hace años Fischer sospechaba un complot de la CIA, la agencia de espionaje estadounidense, para llevarlo de regreso al país que una vez lo veneró.

El ruso Garri Kasparov, 13 veces campeón del mundo de ajedrez, elogió hoy a su colega fallecido Bobby Fischer por sus "éxitos revolucionarios" en el deporte del tablero.

"A pesar de su relativamente corta carrera y de su contradictoria personalidad, Fischer dejó una enorme herencia tras de sí en el ajedrez", dijo el hoy político opositor ruso a la agencia

Interfax.

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