1. Inhalt
  2. Navigation
  3. Weitere Inhalte
  4. Metanavigation
  5. Suche
  6. Choose from 30 Languages

Europa

¿La vanguardia de la eurozona?

En medio de la crisis y la discusión sobre el sentido y la solidaridad de la UE, París resucita la idea de una vanguardia en la integración. Pero no es el momento para tal audaz paso adelante, opina Barbara Wesel.

“La Unión Europea siempre se ha vuelto más fuerte con las crisis”: ese es uno de los clásicos lugares comunes del proceso europeo de integración. El ministro alemán de Relaciones Exteriores, Frank-Walter Steinmeier, acaba de prevenir de esa ingenuidad: dijo no estar seguro de que esta vez sea tan sencillo. Una mirada a la prensa europea revela que en todas partes se pinta la crisis griega como una prueba de fuego para la UE. Sobre todo en los editoriales franceses e ingleses se dice que falta espíritu de solidaridad, que triunfan los intereses nacionales y que han quedado al descubierto las profundas brechas en materias políticas y económicas. Llama la tención que especialmente en blogs y diarios anglosajones se exija con ira una irrestricta solidaridad alemana con Grecia. ¿No son acaso precisamente los británicos los que rechazan solidarizarse? Aquí se mide con doble vara.

¿Necesitamos ahora más integración?

Por una parte, la rabia contra los alemanes -a los que se reprocha afanes neocolonialistas y una mentalidad de mercachifle en política fiscal- se basa simplemente en la desilusión. Durante décadas tuvo vigencia en la UE la divisa de que, en la duda, Alemania paga. El gobierno de Tsipras apostó durante largo tiempo a ese principio. Cada vez que en la UE se necesitaba dinero para superar problemas o forjar compromisos, Berlín se mostraba generoso. Eso tenía causas históricas y constituía una especie de aporte especial a la integración de Europa, lo cual estaba bien. Los economistas lo llaman “costos de la toma de decisiones”. Pero esa fase prolongada de posguerra ha terminado.

Barbara Wesel

Barbara Wesel.

Ahora llega desde Francia, donde se reprocha al gobierno alemán una falta de visión europea, una vieja idea en nuevo ropaje: necesitamos más integración y deberíamos fundar una especie de alianza de vanguardia, dice Francois Hollande. Al respecto se discute ya desde hace 20 años. Se trata de que un par de Estados estrechen aún más sus lazos y den el ejemplo con instituciones conjuntas, mientras otros avanzan más lentamente. El presidente francés ha propuesto “acoger la idea de un eurogobierno y dotarlo de un presupuesto y un parlamento propio”. ¡Sigue soñando, Francois! Y dinos de paso si el ministro de Finanzas ha de ser alemán o francés. El injustamente vilipendiado Wolfgang Schäuble debe sentir que tiene un déjà-vue: ¿no fue acaso él quien en los años 90 veía a Alemania y Francia como núcleo de esa avanzada europea?

Falta de consenso

En este nuevo debate sobre visiones y metas europeas todo se entrevera. La historia cultural europea, los ideales y las tablas de Excel, la condonación de deudas y el orgullo nacional de los pueblos. Se produce una caótica madeja de ideologías y sueños de un mundo mejor. Y ¿cuál es la vanguardia? ¿Sería mejor la vida si se estrecharan más los lazos entre Francia y Alemania? Los vecinos galos están ante una cantidad de reformas empantanadas, luchan contra un desbordado Estado social y contra el eterno gen revolucionario que cada francés lleva dentro. En Alemania hay un poco de exceso de neoliberalismo, habría que curar múltiples heridas sociales y todavía habita en los ciudadanos germanos un duende que llama al ahorro y al orden. ¿Y estos dos países han de formar una especie de eurogobierno y acordar reglas conjuntas? Hasta el momento, tal cosa no ha sido posible. ¿Por qué habría de serlo ahora?

Por lo demás: ¿es este tiempo de crisis y distorsiones, de recriminaciones y pugnas, el momento adecuado para dar tan osado salto al vacío? Probablemente no tanto. La vieja advertencia contra una división de Europa en grupos geográficos, económicos o políticos sigue teniendo vigencia. Porque podría conducir a una desmembración. ¿Quién querría contarse, como país de segunda clase, entre los rezagados, los deudores o los incapaces de reformarse? Demasiado poco valor puede paralizar a Europa, pero demasiado valor puede matarla. No deberíamos suicidarnos por miedo a que haya peleas en la familia, aun cuando se deba admitir que hace tiempo que el ánimo estaba tan mal. Pero la próxima gran crisis, que no lleve el nombre de Grecia, probablemente vuelva a dirigir la atención hacia las ventajas que, pese a todo, sigue ofreciendo el reñido clan.

DW recomienda