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La Revolución Francesa

“Libertad, igualdad, fraternidad”, esta consigna revolucionaria experimentó una marcha triunfal a finales del siglo XVIII que dejó una huella indeleble en Europa, transformando la faz del continente.

Al rey Luis XVI de Francia (1754-1793) le agobiaban desde hacía algunos años enormes problemas financieros derivados del fastuoso estilo de vida en el Palacio de Versalles y los gastos por la participación militar de Francia en la Guerra de Independencia en Estados Unidos (1775-1783).

Ante esa situación, el 5 de mayo de 1789 el rey invitó a París a los tres estamentos de Francia (clero, nobleza y tercer estado privilegiados), para pedirles su autorización para aumentar los impuestos y las contribuciones. Los delegados se la negaron, transformado la reunión en una Asamblea Nacional Constituyente con el objetivo de detener la precariedad económica que se propagaba por todo el país.

Proclamación de los Derechos Humanos

El rey intentó disuadir a los delegados de su propósito, sin éxito. Rápidamente quedó claro que los ciudadanos parisinos respaldaban la incipiente revolución. La población anhelaba una mejoría de sus condiciones de vida, que contrastaba cada vez más con el opulento estilo de vida de la corte de Versalles.

Amerikanischer Unabhängigkeitskrieg, 1775

Guerra de la Independencia americana cerca de Lexington Lexington, 19/04/1775.

En el transcurso de unos cuantos días se vio que no se trataba de una revuelta instigada por algunos delegados, sino que era un levantamiento popular. Los diputados de la Asamblea Nacional eliminaron rápidamente los privilegios de la nobleza, redujeron las contribuciones a la iglesia, confiscaron las propiedades del clero y proclamaron, el 26 de agosto de 1789, los Derechos Humanos y Civiles. La Asamblea Nacional declaró la igualdad de todos los habitantes del país y formuló ello en una nueva Constitución francesa, proclamada el 3 de septiembre de 1791.

Las monarquías y los principados de Europa veían horrorizadas el movimiento revolucionario en Francia. Los monarcas temían que la revolución provocara disturbios en sus países. Cuando Carlos Guillermo Fernando, duque de Brunswick (1735-1806), amenazó con convertir a París en cenizas, una masa furibunda tomó por asalto el 10 de agosto de 1792 el Palacio de las Tullerías.

Entre ellos se encontraba un grupo de trabajadores provenientes de Marsella, que cantaba, en su camino a París, una canción de letra sanguinaria, que los parisinos llamaron La Marsellesa, convirtiéndola en el himno de la revolución. Hoy en día es el himno nacional de Francia, con una letra algo menos sangrienta.

Ludwig XVIII. König von Frankreich

El rey de Francia, Ludwig XVIII. (1755-1842).

El reinado del terror

Una vez pasado el inicial ímpetu revolucionario, hubo que defender al movimiento de los enemigos internos, que en nombre de la libertad y la razón instalaron las guillotinas donde ejecutaron a miles de supuestos contrarrevolucionarios. La amenaza que estos verdugos en las propias filas suponían, era tal vez el mayor peligro, pues pronto quedó de manifiesto que la revolución se dirigía contra sus propios creadores. A principios de 1793 comenzó el período conocido como Reinado del Terror. Ante la Asamblea Nacional el diputado Jean Paul Marat (1743-1793) anunció la restricción de las libertades ciudadanas:

"La libertad debe basarse en la violencia, (…) para aniquilar el despotismo de los reyes."

Tres meses después, Jean Paul Marat fue asesinado por la pro monarquista Charlotte Corday (1768-1793). La revolución tenía su primer mártir y un motivo para que el instrumento inventado por José Ignacio Guillotin (1738-1814), la guillotina, comenzara a emplearse cada vez más. Ideólogo y dirigente del terror fue Maximiliano de Robespierre (1758-1794).

Maximilien de Robespierre

El arresto de Maximilien de Robespierre, 27 de Julio de 1794.

A mediados de 1794 fue proclamada la “Ley del Terror”, que marcó el comienzo de la peor fase del régimen. Diariamente eran ejecutadas entre 50 y 100 personas en nombre de la Revolución. Al mismo tiempo crecía el descontento popular contra Robespierre. El 27 de julio de 1794, el tirano experimentó en carne propia la locura que había desatado. Robespierre y algunos de sus seguidores fueron detenidos por disposición de la Asamblea Nacional, siendo guillotinados un día después en medio de un gran interés de la opinión pública.

La fiesta popular que tuvo lugar espontáneamente después marcó el fin de terror. Los sublevados de París se encargaron de que la Revolución no fracasara ante la oposición de las potencias europeas ni ante sus propias deficiencias y dejaron en Europa un legado de gran trascendencia.

Autor: Matthias von Hellfeld/ EU

Editor: Pablo Kummetz

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