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Europa

La monarquía española, en busca de una nueva legitimidad

El nuevo rey de España debería centrarse en los problemas reales de los ciudadanos, y no en los de la monarquía. Quizá así Felipe VI recupere toda la legitimidad de la que llegó a gozar su padre, opina Luis García Casas.

El rey Alfonso XIII, abuelo de Juan Carlos, se exilió, renunciando a la Corona española, tras unas elecciones locales en las que ganaron los republicanos. Al menos en Madrid y Barcelona, porque finalmente los monárquicos obtuvieron tres de cada cuatro concejales en toda España. El entonces Rey, sin embargo, no tuvo que esperar al recuento final en el resto de municipios porque sabía que el sistema electoral había sido diseñado con una pequeña trampa: el artículo 29 de la ley electoral de 1907 establecía que donde se presentara un único candidato, sería proclamado sin votación.

Eso hacía que los partidos políticos se repartieran los distritos electorales antes de las elecciones, presentando o no candidato según lo acordado previamente. El Rey hizo entonces una lectura adecuada de los resultados y se marchó de España proclamando aquella famosa frase de que no quería que se derramara una sola gota de sangre española por su persona. Su marcha dio paso a la Segunda República, el 14 de abril de 1931. Hasta casi medio siglo después España no volvería a tener un rey. ¿Pueden las últimas elecciones al Parlamento Europeo haber influido en la decisión del rey Juan Carlos de abdicar?

Una nueva generación

Don Juan Carlos siempre había sostenido que “un rey se muere, no abdica”, dando a entender que su hijo le sucedería solo tras su fallecimiento. No obstante, si por algo se ha caracterizado el hasta hoy mismo monarca, ha sido por saber escuchar a su pueblo. Supo interpretar las ansias de apertura política que se respiraban al principio de su reinado, renunciando al poder absoluto y abriendo el camino al retorno de la democracia. Y ha sabido interpretar el mensaje lanzado por la ciudadanía tanto en estas últimas elecciones como en las encuestas.

“Una nueva generación reclama con justa causa el papel protagonista, [...] decidida a emprender con determinación las transformaciones y reformas que la coyuntura actual está demandando y a afrontar con renovada intensidad y dedicación los desafíos del mañana”, dijo en el mensaje televisado en el que anunció su abdicación.  ¿A qué desafíos y qué reformas se refería?

Don Juan Carlos cede el trono en el momento en que más baja está su popularidad. Las encuestas del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), dependiente del Ministerio de Presidencia, muestran un deterioro de la imagen de la Monarquía que, hasta hace pocos años, era la institución mejor valorada por los españoles. También es el momento en el que más alta está la valoración popular hacia su hijo.

¿Monarquía o República?

El ascenso en las elecciones europeas tanto de los movimientos republicanos como de los secesionistas de Cataluña o el País Vasco, efectivamente, ha supuesto un pequeño aldabonazo para la monarquía. Ha podido acelerar el proceso de sucesión, que no hubiera estado garantizado en un futuro si se perdiera la actualmente abrumadora mayoría en ambas cámaras de los partidos que apoyan a la monarquía. Pero, aunque los resultados puedan indicar un posible punto de inflexión, se ha exagerado enormemente el crecimiento de los movimientos antimonárquicos.

Primero, porque la abstención superó, incluso en Cataluña y el País Vasco, el cincuenta por ciento. Y hay que saber escuchar también a esa mayoría silenciosa. Y segundo, porque, a pesar de su ascenso, los movimientos independentistas no han conseguido más que dos escaños en Europa y los partidos abiertamente republicanos no han logrado ni una cuarta parte de los votos. Es decir, a pesar de todo, han perdido las únicas elecciones en España que tienen a todo el país como circunscripción electoral. En realidad, el clamor popular en pro de la República no es tanto. Si lo fuera, quizá el rey en lugar de abdicar se hubiera tenido que ir.

Los auténticos retos

El sistema electoral español instaurado con la monarquía de Don Juan Carlos tras la muerte de Franco, en 1975, también se diseñó con una pequeña trampa: la Ley D’Hont, combinada con los distritos electorales provinciales, expulsa del Parlamento a los partidos minoritarios, pero otorga una representación sobredimensionada a los movimientos localizados regionalmente. Esto se hizo para favorecer el bipartidismo y para atraerse a los independentistas que, con que ganaran en una de las cincuenta provincias, tendrían asegurada su presencia en el Congreso.

El nuevo rey haría bien en dejar de tratar de contentar a sus detractores y ver qué puede hacer él para solucionar los problemas reales de los españoles, entre los que ellos mismos cifran, según el último barómetro del CIS, el paro (citado por el 82,3% de los encuestados entre los tres principales problemas), la corrupción (41%), los de índole económica (28,2%) y los políticos en general, los partidos y la política (26%).

Quizá así consiga la legitimidad que su padre obtuvo al inicio de su reinado, en el que incluso el líder del Partido Comunista dijo de él que hubiera sido un gran presidente de la República. Quizá así consiga que los independentistas no se quieran independizar. Y quizá así logre evitar que, al final, deje realmente de contar con el apoyo de esas mayorías silenciosas y unas futuras elecciones, sean municipales, generales o europeas, se conviertan nuevamente en un referéndum sobre la monarquía y sobre su persona.

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