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Europa

La egolatría de Europa oriental

Eslovaquia demanda a la UE por la repartición de refugiados. Y el presidente del Consejo, el polaco Donald Tusk, ataca por la espalda a Merkel. Pero la solidaridad no es una vía unidireccional, opina Barbara Wesel.

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Angela Merkel y Víctor Orban, en Madrid, en octubre.

¿Qué le pasa al presidente del Consejo Europeo, el ex jefe de gobierno polaco Donald Tusk? En su función, le corresponde presidir las cumbres de los Estados miembros, prepararlas y compendiar los temas. Pero ¿debe azuzar el debate más candente, que amenaza actualmente con desgarrar a la UE, con una entrevista concedida a un periódico? La respuesta es no, eso no le corresponde.

CuandoTusk descubre al polaco que lleva dentro, debe dejarlo en casa. Como presidente del Consejo Europeo, debe mantener cierta imparcialidad y actuar en interés de la UE como un todo. Debe defender los valores sustanciales de Europa, y eso incluye también la digna acogida de refugiados.

Se puede discutir sobre la forma, pero dar una estocada por la espalda a Angela Merkel no es su tarea. Ya es bastante grave que desde el cambio de gobierno en Varsovia se haya paralizado la cooperación con Berlín, no solo en lo tocante a los refugiados. Tusk no tiene derecho a echar aún más leña a la hoguera.

El hecho de que Eslovaquia haya promovido una demanda -con muy escasas perspectivas de prosperar- ante el Tribunal Europeo contra una repartición de los refugiados, no puede en cambio sorprender a nadie. El premier Robert Fico lo hace para perfilarse ante las próximas elecciones como un halcón que cierra la puerta del país hasta a la última familia siria. También era de esperarse que Víctor Orban, de Hungría, se disponga a sumarse a dicha demanda. El autócrata de Viena no desperdicia ocasión de disparar contra Europa. Desde hace meses, de ambos países solo llegan descargas de artillería política.

Integración malentendida

Barbara Wesel

Barbara Wesel

Los europeos orientales, que están haciendo todo lo posible por destruir la UE, han malentendido por completo las bases de la convivencia europea. El principio no es pedir dinero a los países occidentales y, en lo demás, actuar a su antojo. La recepción de miles de millones en fondos de fomento y las ventajas comerciales van ligadas a un compromiso de solidaridad. A quien eso no le guste, puede retirarse. Dicho sea de paso, en tal caso también deberían volver a casa cientos de miles de trabajadores del Este de Europa que se han beneficiado de la integración europea.

También los griegos muestran una actitud parecida: ya han fluido los primeros miles de millones de euros para el rescate de su economía y su banca, pero incumplen testarudamente sus obligaciones. Entre ellas se cuenta dar un trato digno a los refugiados, al igual que registrarlos y resguardar las fronteras exteriores de la UE.

Grecia tiene una gran Marina. ¿Por qué no patrulla entonces las costas? Al mismo tiempo, el gobierno griego no acepta la ayuda ofrecida por la UE y agudiza así a sabiendas los problemas.

Sombrías perspectivas

Hasta ahora, siempre se ha conseguido superar las brechas en la UE y cerrarlas con dinero. Pero ahora hay más en juego: la concepción básica de lo que es la Unión Europea, de las reglas con que funciona y de sus valores está en entredicho.

Con una Europa según las reglas de Fico, Orban y compañía, uno no quisiera tener nada que ver. Y entregar dinero más encima para esa tropa de populistas de derecha resulta insoportable. Las solidaridad, queridos vecinos, no es una calle de dirección única. Quizás la idea de un núcleo de Unión Europea, integrado por quienes estén dispuestos a avanzar en la integración, no haya sido tan mala.

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