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Economía

La crisis sorprende a los sindicatos en crisis

La crisis financiera global trae consigo serios retos para los sindicatos a escala nacional y continental. ¿Es esta la oportunidad para que recuperen la fuerza que alguna vez tuvieron en Europa Occidental?

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Un miembro del sindicato alemán Ver.di en Fribugo, Alemania.

Europa entera padece los embates de la actual crisis económica. Los países de la Unión Europea tambalean y se apoyan entre ellos con la esperanza de conservar el equilibrio, por precario que sea. Y los no-comunitarios, sobre todo aquellos que no tenían una economía robusta ni se beneficiaron de boom alguno durante la década pasada, se ven vapuleados sin misericordia. En teoría, coyunturas como esta son ideales para que los sindicatos florezcan o recuperen la fuerza que alguna vez tuvieron.

Pero en Serbia, por ejemplo, los empleados de una empresa de textiles se vieron obligados a hacer una huelga de hambre como medida de presión para que les pagaran el sueldo que se les debía desde 1993. Sus protestas se mostraron infructuosas hasta que, desesperado por la indiferencia del gobierno y las demás organizaciones sindicales, Zoran Bulatovic, presidente de la Federación de Trabajadores Textiles, se cortó los dedos de una mano y procedió a comérselos frente a millones de televidentes.

Contrastes en Europa

Considerando la mala fama de las uniones de trabajadores en la ex Yugoslavia –allí son vistas como una prolongación atomizada y débil de los sindicatos socialistas, dominados por líderes corruptos–, no extraña que los serbios apelen a medidas de protesta tan extremas.

¿Y los sindicatos de Europa Occidental? Todavía no está claro hasta qué punto son capaces de canalizar la frustración de los trabajadores que han perdido sus empleos o están amenazados con perderlos u obligados a aceptar jornadas laborales mal remuneradas.

En Francia, trabajadores encolerizados secuestraron brevemente a los gerentes de sus empresas y destruyeron sus vehículos. Mientras tanto, en la tierra de Karl Marx, quienes oreaban su disgusto públicamente lo hacían por las declaraciones de Gesine Schwan, candidata a la Presidencia Federal de Alemania: cuando Schwan se atrevió a decir, en abril de 2009, que una crisis económica prolongada podría propiciar una explosión social, no faltó quien describiera su opinión de irresponsable y nociva, por atizar el miedo innecesariamente y regodearse en malos augurios.

La cultura de la protesta

“La ausencia de protesta es mal vista en Francia, como algo poco sano. En cambio, los alemanes suspiran aliviados cuando nadie se queja”, escribía Pascale Hugues, corresponsal en Berlín de la revista francesa Le Point, en la columna Mi Alemania, del diario alemán Süddeutsche Zeitung. Para Hugues, las desproporcionadas reacciones frente a las palabras de Schwan dejan entrever el temor que se le sigue teniendo a las huelgas, los disturbios y las protestas masivas en este país.

“Yo vine a Alemania después de haber escrito sobre las huelgas de los mineros ingleses a mediados de los ochenta. La cultura de los trabajadores británicos me fascinó”, comentaba Hugues. “Pero en Alemania me sentí como si hubiera llegado a otro planeta. Aquí sólo se hablaba de ‘armonía social’ y descubrí un montón de estrategias sutiles a través de las que se trataba de disipar los conflictos”.

Cambio de paradigmas

¿Cuál es entonces el futuro del movimiento sindical a escala europea en el marco de la crisis financiera global? ¿La radicalización y el derrocamiento del sistema imperante? Reiner Hoffmann, Secretario General interino de la Federación Europea de Sindicatos, responde con otras preguntas: “¿Hay algo más allá del Capitalismo? En principio lo dudo. ¿Tendrá lugar un renacimiento de la economía social de mercado? Necesitamos nuevas reglas de juego que refuercen el componente social de la economía de mercado en lugar de dar prioridad a las aspiraciones de ganancias a corto plazo”, decía Hoffmann en entrevista con Christoph Hasselbach para DW-WORLD.

El Presidente de la Comisión Europea, José Manuel Barroso, asegura que el empleo es el asunto prioritario en el continente y el Presidente de la Federación Europea de Empresarios, Ernest-Antoine Seilliére, afirma que los interlocutores –trabajadores y empresarios– están esforzándose en mantener vivo el diálogo durante la crisis. ¿Y qué dicen los sindicatos? ¿Están ellos en capacidad de negociar con la clase política y empresarial para que los trabajadores no terminen cargando con todos los sacrificios necesarios para hacerle frente a una crisis que ellos no provocaron?

La “flexiguridad” no es nada nuevo

Hoffmann deja claro que hay un conflicto de intereses en juego y da como ejemplo la fórmula que la Comisión Europea llama “flexiguridad”, un término que alude a las nociones de flexibilidad laboral, garantizada por los trabajadores, y seguridad o conservación de los puestos de trabajo existentes, garantizada por las empresas.

“En principio, nosotros no tenemos nada en contra de eso. Pero la flexibilidad de las relaciones de trabajo se ha intensificado a través de la desregulación del mercado laboral, en parte mediante el debilitamiento de las regulaciones de inamovilidad laboral. Mientras tanto, la seguridad de que los puestos de trabajo existentes serán conservados se ha reducido notablemente. Hay una enorme cantidad de personas con contratos por plazos limitados, que laboran como trabajadores interinos, y que son los primeros en resultar afectados por la crisis”, señala Hoffmann, no muy seguro de que esta crisis le sirva a los sindicatos para recobrar la fuerza que alguna vez tuvieron.

Autor: Evan Romero-Castillo

Editor: José Ospina-Valencia

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