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Así es Alemania

La crisis afectará principalmente a las mujeres

Lo políticamente correcto el Día Internacional de la Mujer es apelar a la igualdad. Pero las palabras no bastan, y menos ahora que una crisis económica amenaza sobre todo a las mujeres, opina Ulrike Mast-Kirschning.

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Lograr mayor igualdad entre hombres y mujeres es el objetivo establecido: el mismo sueldo por el mismo trabajo y el mismo trato a la hora de tomar parte en la vida política. Todos, las Naciones Unidas, la Unión Europea, los gobiernos del norte, del sur, del este y del oeste, con excepción quizás de países como Arabia Saudí e Irán, van a aprovechar este ocho de marzo para volver a hacer hincapié en el principio.

Pero: a la palabrería habitual hay que añadirle el peligroso inciso de que en esta ocasión el dinero escasea. Y la igualdad de trato se aleja en el horizonte de muchas féminas. En los países industrializados, la destrucción de empleos afecta más a las mujeres que a los hombres. Ellas están presentes con abrumadora mayoría en el sector servicios, que se las instó a ocupar durante los últimos años y donde ahora tienen lugar los mayores recortes.

Menos dinero en las arcas públicas significa también menos fondos para la asistencia de familiares ancianos o enfermos y menos recursos para el cuidado de los niños. Las mujeres no son sólo las primeras en quedarse sin trabajo, sino que también quienes asumen en la mayoría de los casos las tareas familiares no retribuidas, con lo que sus probabilidades de reincorporarse a la vida laboral se reducen.

Además: las pérdidas en las bolsas han dilapidado muchos ahorros destinados a la vejez. Las mujeres, aún condenadas a recibir sueldos menores que los de sus compañeros hombres y a hacer los trabajos peor pagados, tomaron en Alemania y en Gran Bretaña la iniciativa y trataron de asegurarse una jubilación decente completando sus escasas pensiones con fondos de inversión privados. Pese a que estadísticamente las mujeres arriesgan menos que los hombres a la hora de invertir, para muchas la amenaza de pasar sus últimos años en la pobreza se vuelve ahora más real.

Los miedos existen también en los países en desarrollo: el sistema de microcréditos otorgó fondos a muchas mujeres para abrir pequeñas empresas y locales comerciales. Pero, en tiempos de crisis económica, ¿qué perspectivas tienen estos negocios? Con las arcas estatales mermadas, ¿se seguirán financiando estos proyectos? ¿Cómo podrá mejorar entonces la situación de las mujeres en países sin servicios sociales ni asistencia sanitaria, pero con altos índices de SIDA?

Ya antes de la crisis la oferta y la demanda interactuaban supuestamente de forma libre en contra de las mujeres: las europeas altamente cualificadas chocaban contra el llamado “techo de cristal” cuando trataban de ascender a las últimas plantas de las empresas. Las no cualificadas mantenían en buena posición los beneficios del segmento del comercio a bajo precio a cambio de sueldos mínimos. En ellos se venden textiles fabricados en Asia por mujeres aún peor retribuidas y cuyas condiciones laborales son todavía más nefastas, mientras que los dueños de los consorcios se hacen ricos.

Ya va siendo hora de convertir la crisis en una oportunidad. Ya va siendo hora de presentar conceptos de orden político y orientarlos siguiendo el principio de la igualdad de sexo. Los elementos discriminatorios de las políticas pueden identificarse y eliminarse fácilmente antes de lanzarlas. La discusión sobre ellos podría traer ideas nuevas y decisivas. Es decir, que ya va siendo hora de que no se cierren los ojos ante las consecuencias que las decisiones políticas tienen para los géneros.

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