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Cuba

Fidel Castro de cerca

Bernd Wulffen, embajador alemán en La Habana entre 2001 y 2005, habla con DW sobre su experiencia con Fidel Castro.

Fidel Castro, un gigante del siglo pasado, dejó de existir. Su revolución significó para Cuba la recuperación de la soberanía y del orgullo nacional. La salud y la educación del sistema cubano han sido ejemplares para muchos países del tercer mundo. Para Occidente, las violaciones constantes de los derechos humanos bajo el régimen de Fidel fueron siembre el objetivo de la crítica.

Poco dialogante

Como embajador de la Habana (2001 a 2005) me encontré muchas veces con Castro. Normalmente era amable, comunicativo y galante con las damas. Frente a eso, destacaba la dureza con la que trataba a sus contrarios y, sobre todo, a los opositores dentro su propio país. 

Castro permitía raramente otras opiniones. Cuando el expresidente del Bundestag, Wolfgang Thierse, le interrumpió durante un encuentro en La Habana mientras Castro criticaba duramente a los Estados Unidos, temimos un escándalo. Pero Castro se portó como caballero y buen anfitrión, y permitió hablar a su invitado. Thierse quiso desviar el tema hacia Europa y Alemania. Entonces, Castro hizo alguna mención sobre Karl Marx y otros pensadores alemanes y europeos, para seguir criticando finalmente a Estados Unidos, la viva imagen del enemigo.

En otra ocasión, en mi residencia en el barrio de Cubanacán, le ofrecí un vaso de vino alemán al "Máximo Líder” . Sabía que le gustaba el vino y que los coleccionaba. Pero la bebida no llegaba y tanto yo como los demás invitados estábamos inquietos. Al final, trajeron el vino de la región de Rheingau. ¿Qué había ocurrido? La seguridad cubana había rechazado las botellas abiertas y había pedido otras cerradas. Por eso hubo un retraso, una medida de seguridad rutinaria debida a los numerosos ataques que habían perpetrado contra Fidel.

Viaje sorpresa a Berlín

Como embajador, me resultó incómodo que invitasen a Fidel a la Berlinale 2003 sin acordarlo con el Gobierno federal. Iban a estrenar la película "El Comandante”, de Oliver Stone, y me enteré cuando el protocolo cubano me pidió las visas de cortesía para el presidente de Cuba y su delegación. Desde Berlín me dieron instrucciones para que hiciese lo posible para evitar el viaje. Las relaciones entre Alemania y Bush estaban en mal momento por el rechazo a la guerra de Irak y no querían perjudícarlas más con la visita de Castro. ¿Qué debía hacer?

Pérez Roque, entonces ministro de Exteriores, me aconsejó que hablase personalmente con Fidel Castro. Lo intenté y tuve éxito. Como acostumbraba, nos encontramos hacia medianoche y las petrificadas caras del entorno del líder no anticipaban nada bueno. Entonces llegó el "jefe”. Me saludó amablemente y me preguntó por mi familia. Después me tomó el brazo y dijo: "Embajador, no se preocupe, no voy a viajar a Berlín”. Seguidamente me explicó que admiraba al canciller Schröder por su posición sobre la guerra de Irak y no pretendía provocarle dificultades.

Fue mi última conversación larga con el "comandante”. Poco después comenzó la "guerra de los cócteles”. Las relaciones con los embajadores de la UE se congelaron porque, por orden de sus respectivos gobiernos, invitaron a opositores cubanos a las celebraciones de sus días nacionales. Al final, dejaron de invitar a los enviados europeos a los eventos oficiales. Con nuestra protesta por los 75 opositores encarcelados y condenados a altas penas cárcel habíamos cometido "desacato contra su majestad” y querían convertirnos en "innecesarios”.

Jesuita y comunista

Castro se educó en un colegio jesuita, pero tras la revolución de 1959 expulsó a más de 300 sacerdotes. Su relación con la Iglesia católica fue muy delicada durante años. Sin embargo, tuvo una buena relación con Juan Pablo II. Castro le visitó en Roma y, en 1998, el Papa fue a Cuba. Cuando Juan Pablo II falleció en 2005, Castro asistió al réquiem por el Santo Padre en la catedral de La Habana. Más tarde, junto a su hermano Raúl, aceptó la mediación de la Iglesia para restablecer relaciones diplomáticas con Estados Unidos (interrumpidas desde 1960), que finalmente posibilitaron la visita de Obama.

Después la muerte de Fidel y con la anunciada retirada de su hermano Raúl en 2018, una generación más joven llegará al poder en Cuba. Occidente tendrá entonces que apoyar nuevas iniciativas y nuevas ideas en Cuba, y ayudar a la democracia y a la economía de mercado. Sería deseable que Washington entierre esa imagen de Cuba como enemigo, algo que, con el nuevo presidente de Estados Unidos, podría parecer dudoso en la actualidad.

Bernd Wulffen (JAG/ERS)

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