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Cine

“El Club”... de los curas perdidos en Chile

El cineasta Pablo Larraín cosechó una ovación en Berlín con su cinta, crítica contra la Iglesia católica por encubrir y “desaparecer” a sacerdotes en casas de purga cuando han cometido delitos como el de la pederastia.

De izq. a der.: el productor Juan de Dios Larraín, el actor Roberto Farias, el cineasta Pablo Larraín y el actor Alfredo Castro.

De izquierda a derecha: el productor Juan de Dios Larraín, el actor Roberto Farias, el cineasta Pablo Larraín y el actor Alfredo Castro.

El quinto largometraje del cineasta chileno lleva al espectador a una apartada población en la costa chilena, en donde recrea el mundo de reclusión de cuatro sacerdotes retirados que expían sus pecados. Acompañados por la madre Mónica (Antonia Zegers), que se define a sí misma como carcelera, viven en recogimiento, con una rutina de monasterio. Oran, cantan y pueden salir en la mañana y en la noche, pero sin compañía. También tienen sus pequeños placeres, beben, fuman y tienen un perro galgo, “el único que es mencionado en la Biblia”, que participa en las carreras del pueblo.

La llegada de un quinto cura rompe el frágil equilibrio. Por así decirlo, no llega solo. Sandokán, (Roberto Farías) joven abusado por el sacerdote recién llegado, le canta a gritos desde afuera lo que le ha hecho. La situación acaba con un desenlace inesperado con consecuencias para todos.

La cinta, que tuvo su estreno mundial en la Berlinale, compite por los Osos de Oro y de Plata de la 65 edición del festival y recibió una sonora ovación después de su exhibición ante la prensa y la crítica especializada.

Roberto Farias en el papel de Sandokán.

Roberto Farias en el papel de Sandokán.

Esconder a sacerdotes

“Soy católico y fui a colegios católicos, quería retratar a los curas que he encontrado a lo largo de m vida”, dijo Pablo Larraín (Santiago de Chile, 1976), ante periodistas. “Investigando me di cuenta de que la Iglesia católica, por distintas razones, lleva sistemáticamente escondiendo sacerdotes y me pareció que había ahí un film encerrado, el del club de los curas perdidos”, destacó.

El cineasta dijo admirarse de que la Iglesia no crea en la justicia laica, en la justicia civil, que la única manera de que uno de sus miembros purgue sus pecados sea frente a Dios. “Por esa excusa se han cometido atrocidades y encubrimientos sistemáticos, pero la película no es una denuncia”, advirtió.

Tras los dramáticos sucesos en la casa de los sacerdotes, llega un interventor eclesiástico, el padre García (Marcelo Alonso), presentado como un “un hombre muy hermoso”, que cree en una Iglesia nueva y ha investigado a los penitentes con la intención de cerrar la casa. Los interroga uno a uno para aclarar lo sucedido. Entre los residentes hay uno que exalta el amor homosexual, otro que destruyó información sobre crímenes de la DINA, el tercero hacía el bien dando bebés por muertos para darlos en adopción a familias que no podían tener hijos y un cuarto, que parece tener demencia senil. La madre Mónica lanza una advertencia última ante el peligro inminente de que cierren la casa: “si eso sucede contará todo a la televisión”.

“La Iglesia tiene un gran pánico y ese pánico son los medios. Le preocupa mucho lo que se diga de ella, es lo único que ejerce presión sobre ella”, destaca Larraín, que se muestra confiado de que la Iglesia en Chile no hablará en contra de su película, porque le estaría haciendo publicidad.

Alfredo Castro en el papel de padre Vidal.

Alfredo Castro en el papel de padre Vidal.

Cinta atemporal, salvo un detalle

“Es una película fuera de tiempo, que narra lo que está pasando desde hace mucho, por eso elegimos un espacio desconocido. Hay un elemento que es la única prueba de que es una producción contemporánea, es el coche que utiliza el cura interventor, que es el mismo modelo que utilizaron en los ataques en París contra Charlie Hebdo, es además, mi coche”.

Se ve al padre Vidal, (Alfedo Castro), entrenando al galgo haciendo un círculo en la arena, esa es la clave de la película que encierra una reflexión bíblica. “Y vio Dios que la luz era buena y separó la luz de las tinieblas. Lo primero que vemos en la película es la imagen de un círculo. La luz y las tinieblas son una misma idea asociada a un círculo, esa es el alma de la película”, explicó Larraín.

El cineasta contó que es la primera película digital que hace, una técnica que no le gusta porque, además, hace iguales a todas las producciones. El cineasta utilizó lentes anamórficas rusas de los años 60's como los que utilizaba Andrei Tarkovsky. “Eso da a la imagen un aspecto brumoso, a veces ligeramente borroso”, reconoció.