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América Latina

Cuba–EE. UU: la estrategia de convertir en amigo al enemigo

La propuesta de Obama de no seguir viendo a Cuba como un gobierno patrocinador del terrorismo sigue la estrategia dialogante de abrir puerta tras puerta a una nueva era de intercambio político con Cuba y la región.

Obama y Castro en Panamá.

Obama y Castro en Panamá.

Sacar a Cuba de la lista de Estados patrocinadores del terrorismo era el paso más previsible tras la decisión del presidente Obama de normalizar totalmente las relaciones con el gobierno de Raúl Castro, poniendo como método a su tan criticado proceder unilateral la vieja estrategia de convertir en amigos a los enemigos, sin exigir nada a cambio, con la intención de luego poder ejercer presiones que conduzcan a la solución que Washington desea.

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Según un análisis reciente del periodista Carlos Alberto Montaner, sólo teniendo en cuenta esa nueva estrategia pueden entenderse “las concesiones gratuitas a la dictadura cubana, el pésimo preacuerdo con Irán, la condescendencia con la dictadura birmana, la tolerancia con los desmanes de Chávez y Maduro, y la manera contradictoria con que había manejado, por ejemplo, las crisis de Ucrania, Honduras o Egipto”. Y agrega el periodista que el marco de referencia con el cual ahora Obama decide hacer esta nueva concesión a La Habana puede encontrarse en el libro How Enemies Become Friends: The Sources of Stable Peace (Cómo los enemigos se convierten en amigos: la fuente de una paz estable), que escribiera Charles A. Kupchan, profesor de Georgetown University y miembro del Consejo Nacional de Seguridad que sirve directamente a la Casa Blanca.

Aunque un análisis al comportamiento de Obama en la reciente Cumbre de las Américas en Panamá refuerza la tesis anterior, lo innegable es que las acusaciones que ponían a Cuba como el país por excelencia en la promoción del terrorismo en Latinoamérica van siendo cada vez más endebles y se limitan al terreno de la especulación. Han quedado atrás aquellos tiempos en que Fidel Castro podía ser acusado por el expresidente salvadoreño Francisco Flores en la X Cumbre de Países Iberoamericanos, haciendo quedar al líder cubano hundido en sus balbuceos airados, ante la contundente verdad de que había sido el gestor del terrorismo que llevó a la muerte de miles de salvadoreños. Y ha quedado atrás esa época en que Cuba anduvo enredada en cuanta aventura guerrillera extremista existió en América, África y el Medio Oriente, amparada en la idea de llevar la antorcha libertaria a los países oprimidos, aún cuando ello significara un directo apoyo a grupos extremistas que utilizaron el pillaje, el saqueo, el narcotráfico y el crimen político como armas de una supuesta lucha progresista.

El gobierno cubano sigue siendo acusado de ayudar a darle identificaciones falsas a islamo-terroristas que han sido capturados en América del Norte con pasaportes venezolanos supuestamente impresos en Cuba. Quedan aún frescas en la memoria de muchos las armas escondidas por Cuba entre el azúcar de un barco norcoreano que las autoridades panameñas descubrieran, siguen sonando algunos rumores que vinculan a La Habana con grupos extremistas palestinos y árabes, e incluso se han escuchado teorías que hablan de conspiraciones tramadas desde Moscú, y secundadas por Teherán, con la intención de impedir que Estados Unidos y la Unión Europea sean las fuerzas determinantes en el futuro político y económico de Latinoamérica. Todo ello queda en el terreno de la elucubración y, comparado con el activo papel de la isla en lo que siempre Washington ha catalogado como terrorismo, estos hechos son vistos por muchos analistas como evidencias insignificantes.

Hay, sin embargo, una realidad que sí es comprobable, aún cuando sea, como muchos aseguran, parte de la propaganda de lavado de cara que quiere darse el régimen cubano. Cuba ha establecido compromisos realmente sólidos con Estados Unidos y otros países de la región en el combate al narcotráfico y al tráfico de personas; su papel de mediador entre los guerrilleros colombianos de las FARC y el gobierno del presidente Juan Manuel Santos ha sido fundamental para avanzar en la resolución de un conflicto de extrema importancia para Colombia y para la región; ha negociado con el gobierno de España el levantamiento de la protección que durante décadas concedió en la isla a terroristas del grupo vasco ETA, y se sabe que da pasos concretos en las negociaciones para devolver a Estados Unidos a ciudadanos estadounidenses buscados por la justicia bajo la acusación de terrorismo.

Sigue siendo cuestionable el hecho de que todas estas concesiones ocurren unilateralmente, pues hasta la actualidad el único gesto concreto de Cuba ha sido liberar al empresario norteamericano Alan Gross, ya que la liberación de 50 prisioneros políticos cubanos no significa nada ante el encarcelamiento continuo de nuevos opositores en la isla, en cifras que sobrepasan los 200 en los dos últimos meses, según informes de la Comisión Cubana de Derechos Humanos y Reconciliación Nacional.

La salida de Cuba de la lista de países patrocinadores del terrorismo es un paso definitorio en la política exterior del presidente Obama hacia la isla y, por extensión, es también un refuerzo a esa nueva era de relaciones con América Latina, que anunciara en su discurso de la Cumbre de las Américas en Panamá. Queda abierto el camino hacia la apertura de embajadas en ambos países, que será, sin dudas, el paso siguiente a dar por Washington. La pregunta sigue siendo la misma: ¿Cuándo se animará el gobierno de Raúl Castro a convencer al mundo de que realmente quiere sentarse a negociar con Estados Unidos y no, como ha sucedido hasta hoy, a recibir y exigir condiciones, sin ofrecer nada a cambio para lograr los beneficios y aperturas que el pueblo cubano de la isla y el exilio espera?