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América Latina

Casa Xochiquetzal: un oasis para sexoservidoras de la tercera edad

En México se encuentra el único albergue en el mundo para trabajadoras sexuales de la tercera edad. La directora de Casa Xochiquetzal, Jesica Vargas González, lucha incansablemente por sacar adelante el proyecto.

Desde 2012, Jesica Vargas González dirige la Casa Xochiquetzal.

Desde 2012, Jesica Vargas González dirige la Casa Xochiquetzal.

Xochiquetzal es la diosa azteca de la belleza, el placer amoroso y la fertilidad. Asimismo, es el nombre de una peculiar casa en el Centro Histórico de la Ciudad de México. Cerca del barrio de Tepito y la zona roja de la capital, en un antiguo edificio colonial, se encuentra el único albergue en el mundo para sexoservidoras que, al llegar a la vejez, vivían en la calle. En este espacio, actualmente 24 mujeres, de entre 56 y 83 años, no solo han encontrado un hogar donde reciben comida y cobijo, sino también una familia y un lugar en la sociedad.

En 2005, trabajadoras sexuales de la zona propusieron la creación de un refugio para sus colegas y excolegas mayores que carecieran de redes familiares y sociales. Un año más tarde, con el apoyo de feministas como la escritora Elena Poniatowska, organizaciones civiles e instituciones estatales, la casa hogar abrió sus puertas en el corazón de la capital mexicana. Desde entonces ha atentido a cerca de 400 sexoservidoras.

Un oasis en el “barrio bravo”

Jesica Vargas González, directora de Casa Xochiquetzal, describe a las residentes del albergue como mujeres “guerreras, luchadoras”, que le tienen “un cariño increíble a la vida”. Pese a las adversidades que se les han presentado, “siempre están enfrentando la vida, los problemas con buena cara”, añade.

En el patio de Casa Xochiquetzal las residentes celebran una posada navideña.

En el patio de Casa Xochiquetzal las residentes celebran una posada navideña.

Cuando la joven directora habla sobre la casa hogar, se nota la pasión que siente por el proyecto: “Cuando uno cruza la puerta de Casa Xochiquetzal es literalmente otro mundo, es un oasis. Una vez que comienzas a conocer a las señoras, a platicar con ellas, te ganan. Son de verdad mujeres excepcionales”. Vargas González llegó a Casa Xochiquetzal, en 2008, con el propósito de hacer un voluntariado. Sin embargo, el trabajo con las habitantes la cautivó tanto que decidió quedarse. Cuatro años más tarde asumió el puesto de directora.

Un trabajo de tiempo completo

Cada día, la joven lucha por sacar adelante el proyecto. “Es un trabajo de tiempo completo. Las señoras no son personas fáciles, en el sentido de que afuera, entre ellas, se veían como competencia. Entonces, acá adentro llega a haber muchos conflictos de convivencia. Constantemente hay que darles contención, platicar con ellas sobre valores, compañerismo, amistad, respeto mutuo, etc.”, explica Jesica en entrevista con DW.

Uno de los retos más grandes es conseguir los donativos para cubrir los gastos de la casa.“Hubo una temporada en la que estuvimos en números rojos, se debían los salarios de las personas que laboran aquí, no había dinero para alimentos, para el gas. Estuvimos casi un año sin cobrar un peso, yo incluso me puse a vender postres, lo que fuera, para pagar mis pasajes y venir a la casa, aunque no estaba percibiendo nada, pero lo hice porque sé que las mujeres me necesitan, y yo también necesito de ellas. Se termina formando una familia, una comunidad”, cuenta la directora.

Un proyecto para la posteridad

Jesica critica a la sociedad mexicana de “machista” y de “doble moral”, puesto que, por un lado, los clientes contratan los servicios de las trabajadoras sexuales, pero, por el otro, no las apoyan. “La mayoría de las mujeres que están aquí son rechazadas por sus hijos. Ellas les dieron una formación, muchos son profesionistas, tienen buen estatus económico gracias a ellas, pero, una vez que se enteraron de que eran trabajadoras sexuales, las relegaron y se olvidaron de ellas”, dice.

El balance que la directora de Casa Xochiquetzal hace de los casi diez años de existencia del albergue es “de orgullo”: “Esto surgió de la nada y hoy es tangible. Estamos luchando día a día para que no se quede como un proyecto más que existió, sino que sea para la posteridad, porque finalmente el tema del trabajo sexual no se va a acabar”.

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