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Europa

Cameron y la UE: un referéndum peligroso

OPINIÓN El resultado del referéndum sobre la pertenencia a la UE es impredecible, aun cuando Bruselas y David Cameron lleguen a un acuerdo sobre “reformas”. Según Barbara Wesel puede peligrar la estabilidad de la UE.

El premier británico sube al escenario europeo y clama a los cuatro vientos: la Unión Europea debe saber que Gran Bretaña también puede sobrevivir sin ella. Dan ganas de decirle. “Buena bravata, Dave. Pero debes saber que también nosotros podemos sobrevivir sin ti”. Probablemente Cameron ganará en los próximos meses muchos premios en lo tocante a retórica exagerada y estridente. Pero el juego es conocido: el griterío apunta al público británico; en Bruselas no impresiona a nadie.

“Renegociaremos nuestra relación con la UE”, anunció Cameron cuando asumió su mandato, aclarando que solo entonces luchará por la permanencia de su país en la Unión Europea. Durante largo tiempo se especuló sobre cuáles serían las dramáticas demandas que plantearía para asegurar que Gran Bretaña continúe en la UE. La restricción de la libertad de residencia figuraba por ejemplo en la lista. Pero hace meses ya que Angela Merkel dejó en claro que la libertad de trabajar y vivir en cualquier lugar de Europa forma parte de las bases de la Unión.

La prensa amarilla

Entretanto, al parecer se trata solo de que los inmigrantes de la UE no reciban durante cuatro años prestaciones sociales en Gran Bretaña. Será difícil para los juristas ajustar las reglas de algún modo. Pero la población británica cree que muchos trabajadores polacos, rumanos o de otros lugares de la UE se aprovechan de las arcas sociales del país. La prensa amarilla ha convencido de eso a la gente. Nada de ello es cierto, pero, al fin y al cabo, se trata de símbolos.

Cameron también ha suavizado sus demandas en otros puntos. Los franceses dejaron en claro que no están dispuestos a hacer verdaderas modificaciones al tratado de Lisboa. Cameron tuvo que comprender que su referéndum no puede desatar una cascada de plebiscitos en otros países de la UE, con las consabidas imprevisibles consecuencias.

Mal momento

Después de meses de actividad diplomática tras bambalinas, su paquete de puntos a negociar se ha vuelto relativamente manejable. Llega lo suficientemente lejos como para poder simular una pugna en la UE, pero ya no es tan radical como para que la despedida de los británicos de Europa parezca cosa resuelta.

No obstante, la arremetida británica tiene dos fallas decisivas: en primer lugar, se produce a destiempo. Más aún: tiene lugar en el peor y más inoportuno de los momentos. La UE se ve sometida actualmente a un duro examen, en que la crisis de los refugiados pone a prueba peligrosamente los valores, la solidaridad y la cohesión. En este contexto, unas arduas negociaciones sobre la relación con Gran Bretaña le vienen tan mal como una gripe de verano.

Cada referéndum es un riesgo

Barbara Wesel.

Barbara Wesel, corresponsal de DW en Bruselas.

En segundo lugar, aún cuando la UE y Cameron logren acordar un par de condiciones modificadas para la pertenencia de Gran Bretaña, el gobernante de Londres no puede garantizar que logrará con ello convencer a los británicos. Ya en la actualidad, los halcones de su propio partido se quejan de que las demandas son demasiado débiles. La facción de los euroescépticos del partido conservador, por su parte, parece un pozo lleno de cocodrilos, según comentó bromeando un conocedor del panorama interno: “Se mantienen pacíficos mientras les des cada día un pan dulce. Pero ¿qué harás cuando se te acabe el pan?” En esa situación se encuentra David Cameron: su propio partido podría finalmente azuzar a los euroescépticos en tal medida que voten contra la permanencia aunque se negocien acuerdos con Bruselas. Esa sería una derrota histórica para el premier británico. Y sería también un duro golpe para su país y para toda la UE, porque para los europeos significaría desestabilización en un momento en que luchan por su futuro.

David Cameron se metió en esa situación fatal sin necesidad alguna. Sus asesores intentaron disuadirlo de prometer un referéndum, porque la experiencia política indica que es difícil influir en los plebiscitos, que finalmente resultan impredecibles. Pero para el premier británico es demasiado tarde.

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