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América Latina

Brasil: un aliado de última hora

Dividido entre corrientes a favor y en contra de los Aliados, Brasil solo se decidió a entrar en la II Guerra Mundial cuando ya no le quedó más opción. No obstante, obtuvo ventajas económicas.

Getulio Vargas y Franklin D. Roosevelt conversan a bordo de un destructor estadounidense, en 1943.

Getulio Vargas y Franklin D. Roosevelt conversan a bordo de un destructor estadounidense, en 1943.

Brasil declaró la guerra a Alemania, Italia y Japón el 22 de agosto de 1942, después de sucesivos ataques de submarinos alemanes e italianos a navíos de la marina mercante brasileña. A pesar de que se habían registrado incidentes navales desde 1940, los ataques arreciaron después de la ruptura de relaciones diplomáticas con los países del Eje, el 28 de enero de 1942.

Entre mayo y julio de ese año fueron hundidos 14 navíos, pero eso no bastó para inducir a Brasil a entrar en la contienda. Fueron los sucesivos y trágicos ataques de agosto de 1942 los que provocaron un cambio radical en la opinión pública de ese país: en el lapso de cuatro días, un submarino alemán hundió seis embarcaciones brasileñas, dejando más de 600 víctimas fatales. Las protestas y manifestaciones populares desatadas a raíz de estos hechos dieron alas a la corriente favorable a los Aliados dentro del Gobierno de Getulio Vargas, que por mucho tiempo había estado en desventaja.

Tendencias fascistas

El ministro de Justicia, Francisco Campos, autor de la constitución dictatorial, era un notorio admirador de Mussolini. El ministro de Guerra, Eurico Gaspar Dutra, no ocultaba sus simpatías por Hitler, al igual que el jefe del Estado Mayor, De Góes Monteiro. Estos últimos llegaron a ser condecorados con la máxima orden que podía otorgar el Tercer Reich a un extranjero.

La cúpula militar, que tenía enorme influencia, mostraba igualmente inclinaciones a favor del Eje, lo que imprimía un tinte fascista al Gobierno, pese a que este adoptó también medidas contrarias a Berlín, como la prohibición del partido nazi. El mayor contrapeso a estas tendencias lo representaba por ese entonces el Ministerio de Relaciones Exteriores, dirigido por Oswaldo Aranha, exembajador en Estados Unidos.

Ambigüedad y pragmatismo

En los primeros años de la conflagración, Brasil mantuvo una posición ambigua con las potencias en conflicto, lo cual reflejaba las divisiones internas del Gobierno. Muchos historiadores ven también pragmatismo en esa postura. Tanto Estados Unidos como Alemania eran importantes socios comerciales y, en 1942, no se podía predecir cuál sería el desenlace de la guerra.

Pero Brasil tenía un as en la manga: el noreste, más precisamente Natal y el archipiélago Fernando de Noronha, era de importancia estratégica para el apoyo de las operaciones militares en el norte de África. El Gobierno de Getulio Vargas utilizó esta carta para obtener ventajas económicas. Un préstamo estadounidense posibilitó la creación de la Compañía Siderúrgica Nacional (CSN). La contrapartida fue la alineación definitiva de Brasil con los Aliados, que se manifestó primero en la construcción de bases militares estadounidenses en suelo brasileño (Natal) y después en la creación de la Fuerza Expedicionaria Brasileña (FEB).

El encuentro de los presidentes Franklin Delano Roosevelt y Getulio Vargas en Natal, en enero de 1943, serviría para acordar los detalles de la participación de Brasil. La FEB se sumó a la contienda en julio de 1944, a menos de un año del término de la II Guerra Mundial en Europa.

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