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Política

Biden convenció hasta a los últimos escépticos

La Conferencia de Seguridad celebrada en Múnich confirmó que soplan nuevos vientos en las relaciones transatlánticas. El tono fue cordial, aunque eso no implique que las cosas serán fáciles, comenta Nina Werkhäuser.

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La Conferencia de Seguridad de Múnich ha servido para medir el estado de los ánimos imperantes en las relaciones entre Estados Unidos y Europa. En los últimos años, los europeos habían recibido periódicamente duchas de unilateralismo estadounidense, condimentadas con una pizca de cinismo. Cuán gratamente diferentes sonaron las palabras de los norteamericanos este año, sobre todo las de Joe Biden. El hecho de que Obama haya enviado a Múnich a su segundo de a bordo, a tan poco tiempo de haber asumido el mando y en medio de la crisis financiera, ya era de por sí una muestra de confianza.


Con su discurso, Biden convenció también a los últimos escépticos: para el nuevo gobierno de Estados Unidos, Europa es más que un puñado de países que ven las cosas a su manera y entre los cuales hay pocos que puedan considerarse como leales aliados. Barack Obama dejó atrás las ínfulas de sheriff mundial de George W. Bush y se autoimpuso una dosis de humildad. Su vicepresidente afirmó que la nueva administración quiere escuchar y espera recibir consejos y ayuda de sus aliados. Estados Unidos no torturará y no pisoteará más sus propios valores en aras de una desproporcionada preocupación por su propia seguridad. Respiros de alivio hubo entre los auditores que en los últimos años habían dudado de la comunidad valórica transatlántica.


Pero Joe Biden también bosquejó en Múnich el ambicioso programa de su gobierno: detener el cambio climático, reducir a la mitad la pobreza hasta el año 2015, controlar la crisis financiera y todas las demás crisis internacionales. Estados Unidos no puede lograr todo eso por sí solo, por lo cual el nuevo tono conciliador no es un lujo, sino una necesidad. También el nuevo gobierno estadounidense buscará pues países que estén dispuestos a ayudarlo, pero con la diferencia de que no tachará ofendido de su lista de interlocutores a quienes lo critiquen, como lo hacía Bush.


Con seguridad son grandes las expectativas que Washington tiene de Europa. Afganistán e Irak son sólo dos conflictos en los que Obama no quiere mostrarse transigente, y eso es lo que espera también de sus aliados. En los próximos meses, el contingente de tropas en Afganistán será fuertemente incrementado. Al mismo tiempo, se ha de reforzar y coordinar mejor la reconstrucción en el ámbito civil. Obama todavía no ha planteado demandas a los socios de la OTAN, pero lo hará. También el gobierno alemán tendrá que buscar su propio sitio en el nuevo sistema de coordenadas de Obama. Lo que faltó en Múnich fueron claras señales europeas dirigidas a Washington: ¿En qué lo secundará Europa y en qué no? El gobierno alemán desgraciadamente desperdició la oportunidad de plantear esto públicamente.


Al nuevo gobierno estadounidense le aguardan meses difíciles, en los que tendrá que demostrar que las metas que se trazó no son demasiado altas. En la próxima Conferencia de Seguridad de Múnich se lo medirá en relación con lo que ha anunciado. Los aliados europeos tendrán que pensar rápidamente cómo habrá de ser su cooperación con Estados Unidos en lo concreto. Porque el nuevo tono de amabilidad no implica de seguro transigencia en cuestiones de fondo.

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