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América Latina

Argentina, país de paradojas

El domingo 9 de agosto se eligen los candidatos a la presidencia en unas primarias que dejan al descubierto las profundas contradicciones nacionales.

¿Cambio o continuidad? Una lectura rápida de la prensa o de las cifras macroeconómicas podría hacer pensar que los argentinos quieren lo primero. Pero la polarización entre kirchneristas y antikirchneristas esconde una paradoja: buena parte de la sociedad desea mantener el status quo o al menos no sufrir sacudones.

“Vamos a continuar lo que haya que continuar, mejorar lo que haya que mejorar y cambiar lo que haya que cambiar”, sintetizó el ambiguo candidato oficialista, Daniel Scioli. Gobernador de la provincia de Buenos Aires, el principal distrito electoral del país, Scioli es un conservador dentro del kirchnerista Frente para la Victoria (FPV).

También el opositor Mauricio Macri, jefe de gobierno saliente de la Ciudad de Buenos Aires, propone mantener lo que la mayoría de los argentinos considera logros. Entre otras cosas, la ayuda social a más de 3,5 millones de familias, bautizada como Asignación Universal por Hijo. También defiende la reestatización de los fondos de pensiones y jubilaciones, que hoy cubren al 95 por ciento de la población. Macri ahora incluso coincide en dejar en manos del Estado la deficitaria Aerolíneas Argentinas y la petrolera YPF.

El oficialista Daniel Scioli.

El oficialista Daniel Scioli.

Las Primarias Abiertas Simultáneas y Obligatorias (PASO) del 9 de agosto son un gran ensayo y una encuesta en tamaño real para las elecciones generales. Los votantes eligen el candidato preferido de su fuerza preferida (haya o no competencia interna dentro de cada bloque) para postularlo a los comicios del 25 de octubre.

Tarea: evitar la segunda vuelta

Lo que analizarán los expertos el lunes 10 no será el resultado de las primarias, sino la distancia entre los dos primeros competidores. Según los sondeos, Scioli llega primero a la meta con entre el 36 y el 40 por ciento de los apoyos. La pregunta es si lo hará lo suficientemente cómodo como para garantizar su victoria absoluta en octubre. La ley electoral argentina indica que para ganar en primera vuelta hay que conseguir más del 45 por ciento de los votos, o en su defecto entre el 40 y el 45 por ciento de los sufragios, pero con una ventaja de más del 10 por ciento sobre el segundo. Para Scioli es vital ganar en esas condiciones y evitar una segunda vuelta que podría resultar peligrosa.

Si se concentra en una sola candidatura como la de Macri, el voto opositor podría imponerse en segunda vuelta, aunque más por el descontento con el kirchnerismo que por la identificación con un proyecto alternativo o con el partido PRO de Macri (un 27 por ciento según las encuestas, más lo que sumen sus socios).

El temor -y el calvario- de la centroderecha argentina es que se la vincule a las políticas neoliberales de los 90, cuando las privatizaciones y el desempleo precedieron a la crisis del 2001, inolvidable para la clase media y baja. El déficit fiscal, la caída de las exportaciones y los controles a la adquisición de moneda extranjera, entre otros problemas, se disipan para muchos frente al recuerdo con los peores años post crisis.

En Argentina, la última década fue la del consumo, en parte subsidiado por el Estado. Los argentinos estudiaron, viajaron, construyeron o mejoraron sus casas y se equiparon con todo tipo de artefactos eléctricos, aunque -otra vez la paradoja- muchas veces el sistema energético colapse ante una ola de frío o de calor. Se invirtió en educación, pero sin lograr calidad ni rendimiento. Salud, transporte e infraestructura son otras grandes cuentas pendientes. Un capítulo aparte merece la corrupción.

En los próximos dos meses, los candidatos a la presidencia tendrán que pelear por esa parte de la población que no se deja polarizar por la furia K ni por sus adversarios. La tarea no es tan sencilla, sobre todo por la falta de credibilidad generalizada que afecta a los políticos en Argentina, sean del oficialismo o de la oposición.