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Europa

Antonio Muñoz Molina: apuntes de un escéptico

Antonio Muñoz Molina es miembro de la Real Academia de la Lengua Española y uno de los escritores hispanos de más renombre internacional. Además de votante. A los próximos comicios en España dedica las siguientes líneas.

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Antonio Muñoz Molina posa con "Plenilunio", una de sus novelas.

Me he dado cuenta, hacia la mitad de esta campaña, de que ya no hay pegados carteles electorales por las calles. Eso me ha hecho acordarme de la primera campaña de la democracia española, a la que asistí con tanta ilusión hace treinta y un años, cuando mi llegada a la mayoría de edad –entonces a los 21- coincidió con la llegada a la democracia de mi país, donde no había habido unas elecciones libres desde febrero de 1936, sólo unos meses antes de la sublevación militar contra la República y el comienzo de la guerra.

En aquella primera campaña de 1977 las paredes de las calles estaban llenas de carteles, y las aceras de octavillas con las caras y las banderas de los candidatos, y el aire lleno de los himnos que sonaban en los altavoces de los coches. Esta mañana he salido a pasear y me he dado cuenta de que nada de eso existe ya. Los actos electorales son tan multitudinarios como siempre, y los candidatos se quedan roncos repitiendo promesas desmedidas y ataques de mal gusto a sus adversarios, pero la ciudad está tranquila y la gente parece dedicada a sus asuntos, ajena al melodrama del enfrentamiento político.

Pero la gente, en España, irá a votar, y además en un porcentaje muy alto. Irán a votar los incondicionales de cada partido, para los cuales todo el gasto de la campaña electoral ha sido inútil, porque su decisión estaba tomada de antemano; e iremos también los que tenemos dudas, los que no acabamos de reconocernos en ninguno de los grandes candidatos y hubiéramos querido que en la campaña se hubieran discutido más ideas y menos eslóganes vacíos.

En España la división entre izquierda y derecha, entre Partido Socialista y Partido Popular, es muy fuerte, pero eso contrasta con el tono medio moderado de la mayoría inmensa del país y con la escasa diferencia verdadera entre lo que unos y otros proponen. Asuntos como el matrimonio homosexual, el derecho al aborto y la presencia de la Iglesia católica en la enseñanza provocan grandes enfrentamientos entre unos y otros, pero la mayor parte de la población, incluida la católica, tiende a la tolerancia en las costumbres. Cosas más serias no son debatidas, en realidad porque su solución no está en la mano de uno de los dos partidos, por rotunda que sea su victoria, sino que requiere un gran acuerdo nacional a largo plazo.

Tiene que haber un acuerdo para poner remedio al deterioro de la educación, que según las evaluaciones internacionales más serias sigue acentuándose, y dañando por igual la solidez de nuestra ciudadanía y nuestra competitividad económica; tiene que haberlo también en la política internacional, donde es necesario recuperar una posición de más presencia en la Unión Europea y establecer relaciones más cordiales con los Estados Unidos; los dos grandes partidos nacionales tienen que ponerse de acuerdo para cerrar definitivamente el mapa federal del país, siempre en peligro de ser alterado por el extremismo de las reclamaciones nacionalistas; y sin un acuerdo igual de generoso no puede crearse una política sólida de inmigración, limpia de tentaciones de xenofobia y demagogia, que acoja en igualdad de derechos y deberes a aquellos emigrantes que nuestro país pueda absorber y establezca con firmeza las garantías de la ley laica y civil sobre códigos religiosos intangibles en el ámbito de lo privado, pero que no pueden interferir en los derechos individuales ni en los asuntos públicos.

Según casi todos los dictámenes, salvo los del Gobierno, la economía española se acerca al final de una época de crecimiento: también será necesario un gran acuerdo nacional para gestionar la crisis, y para corregir debilidades de tanto calado como la baja calidad de la educación o los desequilibrios geográficos en el reparto del agua. España es el país de Europa más amenazado por la desertización: una parte de nuestro territorio goza de lluvias abundantes; la otra vive en permanente peligro de sequía. Con divisiones entre los partidos y peleas de egoísmo estrecho entre las regiones no es posible aplicar soluciones que serían factibles en el plano técnico.

¿Algún partido propone la mejora de los servicios públicos, la austeridad y la profesionalidad de las administraciones públicas? No parece que piensen en eso, ni que estén dispuestos a rebajar su beligerancia para concentrarse en la búsqueda de soluciones racionales. Por eso, tal vez, salvo los incondicionales, la mayoría de los españoles asistimos a la campaña electoral con desgana, y agradecemos que no haya carteles por las calles. Pero muchos, con todo nuestro escepticismo, iremos a votar, aunque sólo sea porque aún recordamos una época en que la democracia no existía.

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