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Eurodinámica

Alcohólicos: ¿dónde está el chiste?

Aunque muchos beben –dicen– para reir y olvidar las penas, científicos alemanes y británicos aseguran ahora que quienes empinan demasiado el codo dejan de entender, un buen día, hasta los chistes más simpáticos.

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¿Para reír y olvidar las penas?

2,5 millones de personas mueren cada año en el mundo por el consumo excesivo de alcohol. Según la Organización Mundial de la Salud, los mayores consumidores viven en países industrializados del hemisferio norte, además de Argentina, Australia y Nueva Zelanda.

Pero el alcohol no sólo origina accidentes de tráfico, enfermedades cardiovasculares, cáncer o cirrosis hepática. Científicos alemanes y británicos aseguran ahora que quienes empinan demasiado el codo dejan de entender, un buen día, hasta los chistes más simpáticos.

En el cerebro de los alcohólicos –justo en la zona responsable de procesar la información relacionada con lo que comúnmente llamamos “sentido del humor”– deja de encenderse la chispa de la perspicacia. O al menos así lo explica la neuropsicóloga alemana, Jennifer Uekermann.

Experimento

Junto a un equipo de científicos británicos, Ueckerman realizó una serie de curiosos experimentos. "Me encargué de seleccionar chistes de Internet. Leí unos 20.000. Los escogidos debían cumplir ciertos criterios como, por ejemplo, no referirse negativamente a minorías“ , le explica a Deutsche Welle.

Con una selección de 24 chistes, los científicos intentaron averiguar cómo reaccionan personas alcohólicas a diversas emociones y estímulos sociales de su entorno. “Queríamos saber, por ejemplo, si ellos eran capaces de procesar emociones a partir de los rostros de las personas o a partir de la palabra hablada", cuenta la neuropsicóloga alemana. "Luego de esos experimentos, me interesó también saber qué pasaba en la cabeza de otras personas cuando se les presentaba una historia, un chiste”, agrega.

En definitiva, los chistes caricaturizan nuestras interacciones sociales, situaciones de la vida cotidiana. Y, según los científicos, el humor se procesa en dos etapas: primero es necesario descubrir e interpretar la incongruencia, el doble sentido, el contrasentido, el juego de palabras. Ese es quizás el paso racional. Acto seguido, se trata de percibir la farsa como algo chistoso. Este paso, más bien emocional, depende de las competencias de quien escucha el chiste para ponerse en el lugar de otros, imaginar sus pensamientos, sentimientos, necesidades, intenciones. Los neuropsicólogos lo llaman “cognición” o “teoría de la mente”.

29 personas sanas y 29 alcohólicos sirvieron de conejillos de indias a este equipo de científicos. Los investigados recibieron chistes incompletos, con la misión de decidirse por uno de los cuatro finales propuestos.

Alcohol vs. sentido del humor

Los participantes sanos tuvieron bastante éxito. Sin embargo, pocos de los alcohólicos lograron identificar el verdadero sentido del chiste. Su significativamente menor cuota de aciertos indica déficits en sus funciones cognitivas, asegura Jennifer Uekermann: "Entre los alcohólicos, acertó cerca del 68 por ciento. Entre las personas sanas con las que los comparamos, la cifra se elevó al 90 por ciento".

La clave está, según Ueckermann, en el fallo de la zona del cerebro que debería encargarse de descifrar el humor, la gracia del chiste: "Sabemos, por otras investigaciones, que son diversas las regiones del cerebro que permiten procesar los chistes. Se trata, sobre todo, de la corteza prefrontal".

Ésta es una región del lóbulo frontal de nuestra corteza cerebral. O, dicho muy simple y llanamente: una parte de nuestro cerebro ubicada detrás de esa frente que miramos a diario en el espejo del baño. Esa región del cerebro es responsable de funciones claves para nuestras interacciones con otros seres humanos. Por ejemplo, para reaccionar a estímulos sociales y garantizar procesos de memoria necesarios cuando hacemos planes o buscamos soluciones a problemas.

Alcohol vs. trato con otras personas

O sea que una persona, cuya corteza prefrontal no se activa con un chiste, probablemente tendrá también dificultades en sus contactos con otras personas, lo mismo en la vida laboral que en la privada.

Los resultados de este estudio sirven a la neuropsicóloga alemana, Jennifer Uekermann, como puntos de partida para un programa de entrenamiento de competencias en el marco del tratamiento terapéutico a quienes padecen de alcoholismo: "La idea es lograr que se enfrenten a menos problemas interpersonales, que su cotidianeidad se vuelva más llevadera".

Eso sí, no se trata ahora de hacerse automáticamente pícaras ideas sobre todo aquel que no se ría a carcajadas con un chiste: “Claro que no podemos llegar a conclusiones apresuradas. Lo que cada uno halla chistoso es también algo muy subjetivo”, nos recuerda Ueckermann.

Esta neuropsicóloga alemana, sin embargo, tiene siempre dispuesta una sonrisa. Y ello, a pesar de su prolongado “trato científico“ con los chistes. “Siempre tengo de qué reírme. ¡Sobre todo de mí misma! Aunque la verdad es que, luego de este estudio, me cuesta un poco reír sobre los chistes habituales“. Pero lo mismo nos pasaría seguramente a muchos de nosotros si es que nos toca comprobar, científicamente, el potencial humorístico de más veinte mil chistes.

Autora: Rosa Muñoz Lima

Editora: Emilia Rojas Sasse

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