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América Latina

Aída Moreno: capacitación da una nueva vida a las mujeres en Chile

En la Casa de la Mujer de Huamachuco, en uno de los barrios más pobres de Santiago de Chile, miles de mujeres están ganando la batalla a la pobreza y a la discriminación. Esta es la historia de su fundadora, Aída Moreno.

Aída Moreno y la presidenta de Chile, Michelle Bachelet.

Aída Moreno y la presidenta de Chile, Michelle Bachelet.

Una vida dura forjó a Aída Moreno. “Fui madre a los 17 años. Viví una vida con mucha violencia y pobreza en el matrimonio. Fui golpeada, maltratada y me llené de hijos. Eso creo que fue una escuela para mí”, relata. Durante las reuniones de su marido, activista político de izquierda durante el gobierno de Salvador Allende, ella escuchaba detrás de la puerta, pensando que tenía buenas ideas, pero vivía marginada en un mundo machista y sin posibilidad de opinar.

La represión y la persecución política tras el golpe de Estado de Augusto Pinochet , en septiembre de 1973, marcaron su vida. Su casa fue allanada por efectivos policiales y ella respondió con entereza y valor. “Antes era la tonta, la campesina, la bruta... pero pude enfrentar ese momento y empecé a sentir que yo valía”, cuenta Aída Moreno.

Frauenhaus und Frauenbildungsstätte Huamachuco Frauenfortbildung

Este centro de formación y capacitación ofrece talleres para las mujeres, y guardería para cuidar a los niños mientras las madres trabajan.

Invitada por la Iglesia católica a encuentros de pobladoras, compartió su realidad con otras mujeres. “Empecé a darme cuenta de que servía para muchas cosas fuera de limpiar la casa y tener hijos”, destaca. Comenzó a participar, opinar y asumir liderazgos, y junto a otras pobladoras como ella, sin oficio ni capacitación, aprendió la técnica de la arpillera, que les permitió recibir ingresos.

Eran tiempos de dictadura, pobreza y desempleo, en que las mujeres organizaban las llamadas “ollas comunes” juntando sus pocos alimentos para preparar una comida comunitaria. “El apoyo de la iglesia nos hizo abrir los ojos y darnos cuenta de que estábamos sobreviviendo de la forma más indigna. Fue un tiempo de mucha crisis, pero también de mucha solidaridad”, recuerda.

En la década del 80 nació el sueño de un centro comunitario: “Era necesario abrir espacios para la mujer, para reír o llorar –recuerda Aída–. Al principio la idea era sólo juntarnos; después pensamos capacitarnos y enseñar unas a otras lo que sabíamos hacer: poner inyecciones, coser o cortar el pelo”.

Así fundó en 1989 la Casa de la Mujer de Huamachuco, en este barrio de la comuna de Renca, una de las más pobres y de alta delincuencia de Santiago, con el apoyo de una comunidad religiosa y, más tarde, de una organización de Estados Unidos en temas de recuperación urbana, que la capacitó en Nueva York.



Una casa para la mujer

En 26 años, este centro de capacitación y formación ha crecido para ofrecer múltiples oportunidades. Uno de los proyectos más queridos por su presidenta es la guardería: “Las mujeres se capacitaban, pero no podían trabajar porque no tenían dónde dejar a los hijos”. La guardería, con un horario más extendido que los jardines infantiles, recibe niños en diferentes turnos y les da apoyo escolar.

La casa tiene un amplio programa de talleres y cursos: arpillera, tejido, repostería, computación, sexualidad y emprendimiento, entre muchos. “Esta casa es como una ciudad donde llega todo el mundo, no sólo mujeres”, destaca Aída Moreno. También allí funciona una clínica de rehabilitación para personas que han sufrido accidentes vasculares. Mensualmente, unas mil personas se benefician de las diferentes actividades.

Aída Moreno, hoy de 68 años, con cinco hijos profesionales y 12 nietos, se siente realizada: “La motivación fue doblarle la mano al destino y poner al servicio de las mujeres todas las oportunidades posibles”. Hoy lucha por reconstruir la casa, deteriorada con los años y el último terremoto del año 2010, y por armar una empresa de repostería y chocolatería con las mujeres que ahí se capacitan. También sigue trabajando por reunir recursos para financiamiento, hasta ahora apoyado por la iglesia, fondos estatales, organizaciones internacionales y las actividades propias.

Las numerosas distinciones obtenidas las toma con humildad y actitud crítica: “Hemos recibido todos los premios posibles, como el Sello Bicentenario, Innovación a la superación de la pobreza y Comunidad Mujer. Son reconocimientos contradictorios, debieran mover a acciones más concretas. Esta guardería debería estar en todas las comunas. Es de justicia que reconozcan lo que hacemos, pero debiera ser también una labor del gobierno”.

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